Los bares de Arras, un buen lugar para ver la ciudad.

(…) está en la naturaleza de las cosas que el camino hacia la razón sea lento y progresivo

Maximilien de Robespierre
Primer discurso contra la guerra, Club de los Jacobinos, 18 diciebre 1791.

Con una leve sacudida el monstruo se pone en movimiento. Casi un kilómetro de acero batido por los vientos que aún sólo se arrastra levemente, bamboleando suavemente a los pasajeros. Casi un kilómetro de comunicación a gran velocidad, casi un kilómetro que nos depositará en menos de 50 minutos en la frontera norte. Es éste el verdadero tejido arterial de este país, del núcleo de este continente, trenes que rompen las distancias con ruido sordo, trenes que alcanzan velocidades de vértigo con las que sus abuelos ni siquiera soñaron. Nuestros nietos ni siquiera sabrán que existen. Porque este tejido vital comunica regiones situadas a más de 1000 kilómetros, porque une territorios fronterizos en grandes conglomerados supranacionales en torno al Canal de la Mancha, al Rin, a la Provenza – Saboya – Liguria – Valle del Po, y tal vez pronto, a Languedoc – Cataluña. Y así se destruyen los regionalismos; las diferencias absurdas entre los dialectos entronados en Lenguas sagradas, y a la vez que se lubrifica la economía, se permite a las gentes buscar mejores trabajos, climas, se les permite viajar sin ser potentados y descubrir que el otro no es más que una variante del yo. Éste es el corazón de Europa. Y no lo es por una razón genética, ni por un deseo claro y meditado, lo es por un sentido práctico, que aún funciona y que consiste en preferir la cooperación a la destrucción mutua. Bien se sabe que no se llegó a esta constatación fácilmente.

Descendidos en la estación sin tiempo para acostumbrarnos al viaje, frente a la plaza, un monumento recuerda a los bisabuelos de los lugareños muertos en la Gran Guerra. De estos, al menos, se saben los nombres. Parece sentirse, por quien conoce la historia, el olor a carroña, a podredumbre, a miseria putrefacta entre oleadas de barro, mugre y sudor. Truenan al noroeste los obuses que pronto aniquilarán la ciudad, que la reducirán a ceniza después del incendio. Al noroeste miles, incontables canadienses, se hicieron asesinar por sus jefes y por los miles de alemanes que ellos mismos asesinarían. Truena la artillería aliada, truenan los otros aliados entre la música de bandas y circunstancias. Las bombas no callan, machacan las posiciones, ¿cuáles?, ¿las nuestras?, ¿las suyas? Las machacan igualmente. Algunos rezan, otros murmuran, otros blasfeman. Los obuses arrasan lo ya arrasado, el alambre de espino se abraza a los muertos y a los vivos, se funde con ellos, los arrastra o los eleva por los aires. Las ametralladoras traquetean sin dejar respiro. Por ahora sólo matan fantasmas. El último obús ha caído cerca abriendo un hoyo profundo. Del fondo surge sangre, sangre oscura, con un color mezcla de miel y de ámbar rojo. Es sangre antigua, es reserva, tiene al menos 400 años. Son los muertos antiguos. Los de uno de los sitios de Arras, cuando los súbditos o los mercenarios defendían los intereses del Rey de Francia, del de España, clamando en nombre de Dios sus sacrosantos derechos. Todo por esta tierra húmeda y fértil, poblada de gente simple, simple y cuidadosa, sobre todo cuidadosa, a fuerza de gladius, bombardas y arcabuces, guillotinas, bayonetas, de Grandes Bertas y juicios sumarios que siempre acababan en un paredón.

Plaza principal de Arras con los edificios de las antiguas casas comerciales. Fueron reconstruidos tras la primera guerra mundial. Foto de M Calvo.

Caminamos por las calles empedradas, por las calle desde donde se ve un cielo inmenso. Los pintores flamencos tenían este cielo inmenso sobre sus cabezas, lo tenían pero no lo veían o por lo menos no lo pintaban. La nubes se obstinan aún hoy en cubrir este país plano, que llega hasta le plat pays del belga Brel. Verlo, como lo vemos ahora es un privilegio, con esta luz dura que golpea las piedras y cincela los adoquines, los recodos de las casas estrechas que se alinean en la Gran Plaza. Vacía de gente, sólo algún coche indigno perturba la quietud. Quizá por verlo poco, el cielo, los pintores de Flandes inventaban sus paisajes, y los idealizaban, pero siempre mantenían un inmenso cielo sobre sus personajes ficticios, libres al fin para ver la luz y dominar sus vidas.

Aquí, y ahí cerca nació el capitalismo, aquí y en Italia, para lo bueno y para lo malo. Aquí surgieron de la invención fructífera y de la usura humana, las letras de cambio, en el fondo, el origen de la mundialización financiera que hoy pende sobre nuestras cabezas, por encima de las nubes y del cielo. Esto que aprendí en la escuela; hoy, in situ, cobra su verdadero peso y me reconforta. Otros tal vez no aprendan cosas tan interesantes. Estas casas alargadas de fachadas estrechas, alineadas sobre la plaza, pertenecieron, si ocurre lo mismo que en Bruselas, a burgueses de la ciudad o de otras partes del mundo. Aquí comerciaban y vendían la producción textil intercambiando todas las monedas metálicas y algunas de cuenta que tuvieron que inventarse. Aquí se enriquecían y enviaban a sus hijos a Sevilla, a Milán, a Londres, a Göteborg o a Constantinopla. No había religión que impidiese un préstamo, una venta. Y los linajes crecían y se desarrollaban y, de vez en cuando, el soberano cambiaba de nombre y la obediencia se debía a otra corte, a otro imperio. Callaron los arcabuces y las bombardas, las culebrinas, las espingardas y los falconetes, calló todo, y después en el lejano París, se oyó un grito y después otros. La hora de las coronas absolutas llegaba a su fin. Uno de sus hijos tomó las riendas y salvó con una dictadura los logros de una clase aún no nata. Pagó la osadía de su voluntad, cambiaron los perros, pero también las cadenas. El mundo ya no sería igual.

Los obuses han vuelto, se oyen los silbatos y los capitanes dirigen a sus pelotones. Morirán delante de sus subordinados, pagando con la misma moneda mientras los generales juegan con las fichas que significan miles de hombres, de vidas diezmadas, aniquiladas por un poco de gloria efímera, de recompensas políticas, de una brizna más de terreno con la que regatear un paz más victoriosa o más honrosa. La nación política de la Revolución se va convirtiendo en la nación étnica, genética. Y de aquellos lodos nacerán las justificaciones falaciosas del nazismo. Pero todavía deben morir miles, decenas de miles. Ahí van los canadienses, quebequeses y anglosajones, católicos, ateos y judíos, protestantes, ahí van a morir. Y mueren. Y toman la colina. Un kilómetro cuadrado habrá costado 150.000 muertos a los aliados.

Hemos salido de las plazas y sus desiertas arcadas. Hemos atravesado callejuelas antiquísimas, solitarios y tranquilos torreones, iglesias tan perdidas como cerradas. Todo es falso, todo fue reconstruido. A las afueras, junto a la ciudadela diseñada por Vauban, y donde un batallón de infantería aún campa, se accede a uno de los memoriales. Éste es británico. Hay unas 1500 cruces. Es posible que bajo ellas no haya restos. Es un símbolo. Hay sudafricanos y australianos, hay, perdido entre los aliados un alemán, Müller su nombre. Murió en 1917. Únicamente conocemos eso y hasta su nombre parece falso, simbólico. Si hay algo que rompe el patriotismo de estos lugares con claridad, es este enemigo que yace, que yació y alimentó la misma hierba, los mismos árboles que sus enemigos. Sólo los imbéciles pueden ver en estos impolutos cementerios la marca del patriotismo. Aquí no hay vencederos ni vencidos, aquí sólo hay víctimas que murieron matando y que, de alguna forma, también fueron culpables por no haber parado la carnicería. Pero las ruedas de la muerte son poderosas y nos arrastran de nuestras cadenas. Nos vamos, arrastro el recuerdo del alemán rodeado en la muerte de sus camaradas de trinchera. Lo arrastro y junto a las casas de campo, al borde del limite de la ciudad, allí donde el verde campo vibra verdísimo por la lluvia, allí sueño con mi futuro, que debe tanto a esos que dejaron de respirar.

Memorial canadiense en la cresta de Vimy. Foto de fv3535 en flick.

Los cañones se han callado, la Cresta de Vimy ha sido tomada. Ahora se oye otro traqueteo, el de trenes cargados de gente que viajan hacia humeantes fumarolas que se elevan al cielo. Están lejos, pero es el mismo olor de la muerte, incluso peor, más absurdo, aún más brutal, y se mete en los pulmones e incluso las células se niegan a comprenderlo y un espasmo nos llega y nos llevaría ante el tamaño de la ignominia, si no fuera tan corto como duro. El fuego se apaga, los últimos bombarderos desaparecen de nuestras cabeza y se posan; por ahora se terminó. Un himno suena, otro más, otra vez las bandas de música recorren las calles, hurgan entre los adoquines que todavía tienen el barro de las botas adherido. Es el himno de la alegría, ¡ojalá lo sea siempre!

Y el sol duro que nos ha acompañado a pesar de todo, que nos ha conducido por callejuelas y por avenidas, por parques y verduras, ese sol nos abandona sin que lo hayamos encontrado. Y la tarde acaba como se debe, con una conversación frente a varias cervezas del país. Y se habla de lo humano y de lo divino. De lo visto y lo que no fue visto. Y se habla. Y las palabras fluyen y se alargan y se enfrentan con ideas o sentimientos, y vagan sobre la mesa, mientras la pareja dueña del bar charla con los asiduos, sobre lo humano, a veces sobre lo divino, aunque no se utilice a ningún Dios, porque para ser divino, hay que ser sobre todo humano. Hay que saber lo que una vida cuesta para imaginarnos inmortales. El tren nos espera, uniendo las partes en algo común que nos permita ser uno mismo y fundirnos en la masa.

Febrero 2007.