Cuando la crisis aprieta rápidamente se señala a alguien para echarle la culpa. Tan fácil como estúpido.

Pues gobernar no es otra cosa que mantener a los súbditos, de modo que ni deban ni puedan perjudicarte, y esto se consigue o con grandes medidas de seguridad, cortándoles toda posibilidad de ofenderte, o con beneficios, de modo que no sea razonable que puedan desear cambiar de suerte.

Maquiavelo. Discursos sobre la primera década de Tito Livio, Madrid Alianza, (1996:254).

En 1848, la publicación del Manifiesto Comunista de Karl Marx y Friedrich Engels hablaba de un fantasma que recorría Europa. Era la revolución de los olvidados de los que producían y eran excluidos. 90 años después, en 1945 los esfuerzos, la lucha social y la sangre de millones de europeos muertos obligaban a los gobiernos occidentales a esbozar Estados de Bienestar. Eso y la esperanza de revolución que el bloque soviético generaba en occidente, al tiempo que el papaíto Stalin continuaba la masacre.

Para llegar al Estado de Bienestar casi se tuvo que destruir el mundo. En 1933 el horror se materializaba en Hitler, el citado Stalin, Mussolini, en los generales y empresarios japoneses, en sus pequeños y miserables imitadores (en España, Portugal, Rumanía, Yugoslavia, Hungría, Argentina, etc…). Poco después prendían fuego a Europa. Tras la derrota y la destrucción del continente, el miedo y la esperanza que el comunismo ofrecía al mundo, cimentó un modelo de Estado, democrático, plural y donde el conflicto se aplacaba buscando el entendimiento y el beneficio mutuo.

En 1989 se hundió sin contemplaciones al bloque soviético, se promocionó el fundamentalismo religioso (católico, musulmán, etc…) y se dinamitaron los límites de seguridad del capitalismo. Estamos en 2012 y el pavor que se podía adivinar en los años 1930 comienza a condensarse como la peor de las miasmas, como otro fantasma opuesto al que liberaba en 1848.

Pero nadie lo ve. Nadie ve resurgir de las cloacas las mentiras seculares, los cuchillos afilados, las cohortes de ratas que inundan nuestras casas. Nadie teme lo que no entiende, por eso los temores se reducen a la pérdida de los artificios materiales, los lujos de pobre a los que nos habían acostumbrado. En marketing se denominaba la democratización del lujo. Pero la factura es colosal y los flujos del capital comienzan a decantarse por otros mercados más suculentos, donde el potencial aparente es mayor y, donde no existe ni costumbre ni hábito de revuelta, de demanda social, de Estado providencia.

Todo esto es demasiado complejo para la mente empobrecida por los deportes de masa y las tertulias sobre la Corona y los famosos. Por tanto, la respuesta ilógica es apelar a los signos y refugios identitarios y usar la xenofobia como recurso multiusos ante nuestra cobardía. Así, los extranjeros, -o aquellos que calificamos como extranjeros o diferentes-, se convierten en la cabeza de turco ideal. Qué decir del rechazo inexplicable a las gentes con un tono de piel, un acento, unos rasgos y hábitos diferentes. De cuchichear sobre ellos se pasa a señalarlos con el dedo, el mismo que apretará el gatillo. Toda Europa está contaminada por estas ideas, y América, Asía y África le siguen al paso. De la repulsa, se pasa a la duda, la justificación condicional, y de ahí, al garrote ciego. Venido el día se gritará por las calles eslóganes prohibidos y habrá estallidos que mezclen racismo y xenofobia. La cabeza de turco es siempre parecida: emigrantes, gitanos, homosexuales, mujeres, judíos, masones y ateos.

Los países, regiones y clases que se encuentran en mejor situación agitan sus banderas identitarias, las que más les convengan. Así se mezclan las ratas de Camus, que invaden la cité, con las ratas que abandonan el barco que se hunde. Tales argumentos, viejos como el mundo, se encuentran en los pueblos y ciudades, en regiones como cualquiera de las 17 españolas, en Escocia -donde algunos se creen celtas-, en el norte de Italia, en Flandes… Y también en países que, por diferentes motivos, se embarcan en peligrosas aventuras. En Hungría el gobierno de Viktor Orban apela a los sentimientos más inhumanos y a la Gran Hungría – siempre hay una Gran que lo justifica todo-, envileciendo su país, diverso como todos. Los “gitanos” y todos los demás húngaros que no se pliegan ante la deriva dictatorial sufren la censura y el acoso. La Unión Europea se enfrenta a un desafío esencial, ante el que probablemente no sepa reaccionar, tras el nefasto precedente de la gestión de la crisis financiera.

Los Balcanes, que fueron el precedente de las guerras del XX, se agitan de nuevo. En Eslovaquia y Rumanía, en Serbia, Montenegro y Bulgaria, grupúsculos de ultraderecha se envalentonan y desentierran sus macabras casacas. En Polonia, los talibanes católicos adobados por Reagan durante la guerra fría, se creen los elegidos y no aceptan que el Estado se separe de las Iglesias. De la Rusia que asesinó a Anna Politkóvskaya mejor no hablar, y de la dictadura de Bielorusia tampoco. Pero, ¿alguien sabe que hay una dictadura a las puertas de la UE? ¿Alguien sabe qué es, dónde está Bielorusia? ¿A alguien le importa algo? Más cerca, en Francia un 20% de sus habitantes estaría dispuesto a votar a un partido peligroso como el Frente Nacional. En Austria, en Suecia, Noruega, Finlandia, Dinamarca, Holanda y Bélgica, partidos de extracción neonazi se muerden la lengua para nos ser expulsados, pero a medias tintas, sueltan su bilis negra. Fundamentalistas católicos y musulmanes limitan los derechos y las libertades de sus mujeres y claman ya contra el laicismo tras velos y pañoletas.

Parece que quien escribe estas recurrentes serenatas carece de la misma esperanza en el género humano y en sus actos. Pero resulta que no es del todo cierto. Estábamos casi seguros de que, tras los desmanes de los conductores de nuestro capitalismo globalizado, tras los bandazos que estuvieron a punto de mandar al garete el modelo económico y, por tanto, a la sociedad mundial que reposa sobre él, habría cambios. Imaginábamos que el neoliberalismo descarnado e hiperdestructivo sería acotado, sus manuales retirados de la circulación y punidos sus defensores, así como, los chóferes de la locomotora que estuvo a punto de descarrilar. Se podía pensar que se volvería a un capitalismo más humano, más controlado y conservador. Donde los ricos seguirían siendo ricos, pero como en los años 50 y 60, se cuidarían bien de que sus subordinados estuviesen contentos, bien arropados y risueños. Pues no. La respuesta ha sido duplicar los esfuerzos por destruir el sistema que les hace ricos y superiores. Lo que está ocurriendo en Grecia es un ejemplo. Se quita la poca ropa al que está casi desnudo, exigiéndole, conminándole a que no se resfríe, bajo pena de nuevos recortes de ropa. El enfermo, estornuda y ya poco le importa si muere, helado bajo las bellas columnas del Partenón o destruyendo el templo y acabando con todo.

Se ha hecho todo lo contario. Se ha ascendido a los culpables de la crisis y ya ocupan todos los puestos de dirección. Han huido a las playas de arena blanca y aguas turquesas los que estafaron, los que robaron y los que minaron nuestros derechos y libertades, los que nos dejaron en manos de las agencias de cotación, de los bancos, que chuparon la savia de nuestras cuentas equilibradas a fuerza de recortes y de la venta de nuestras empresas públicas. Se pavonean en sus palacetes de provincia, los que se lucraron con el sudor de los emigrantes.

Emigrantes que venían de los pueblos de la meseta; los de los caseríos del norte; los de los fiordos de la Costa da Morte; los que expulsaron de los cortijos, los señoritos más crueles; los del piedemonte pirenaico. Ellos levantaron Madrid, construyeron el Parque Güell y la Sagrada Familia, fueron carboneros, soldadores y criadas en Bilbao, picadores en Asturias y siguieron siendo aceituneros de Jaén. A los de hoy, los despreciamos más. Es normal, los otros son nuestros padres, los tíos, los abuelos si tenemos la suerte de mantenerlos. O nosotros mismos, cuando cogemos los aviones, los trenes de alta velocidad y nos vamos a trabajar a París, Londres, Nueva York o São Paulo. Denigramos a los de hoy porque vienen de los montes del Rif; de un poco más allá de Sighisoara; de la provincia de Córdoba, Argentina; de Cúcuta en Colombia; del sertão nordestino y del fondo fondo de Sichuan. Curiosamente son ellos los que cuidan de la abuela, los que levantaron los miles de edificios en Madrid y Barcelona, de Bilbao y Valencia, los que siguen construyendo la Sagrada Familia y los que compraron casas entre cinco, antes de que todo se desplomase. Ellas son las que visitamos en los prostíbulos, a las que pagamos por un sexo que no podemos ganar de forma natural. Con todo, les queremos echar. Ya circulan por Internet mensajes falsos donde, -supuestas farmacéuticas-, con palabras hediondas provenientes de la ponzoña nazi, apelan a la expulsión véase exterminación.

El abuelo que emigró, se convierte en señorito y pide que se expulse al último de la fila. El nieto de los deportados de los campos, apoya la segregación y lee panfletos nazis untándose con verborrea asesina. La sobrina del ministro que consiguió la separación de la Iglesia y el Estado se pone un velo libre y orgullosa. Los hijos de campesinos y mineros, los de los siervos, se apropian de los gustos de los ricos y defienden la educación religiosa y privada, la privatización de los hospitales y los impuestos indirectos. Y en cualquier barriada de este mundo achatado de tercera, muchos continúan creyéndose los elegidos. Doscientos años de progreso enterrándose en un decenio. Poco a poco vamos eliminando al último de la fila. ¡Animo ya queda menos para que nos toque!

11 febrero 2012.