Bastó que un programa satírico francés hable del dopaje deportivo español, para que los patriotas agites sus estandartes y piensen en invadir. En plena crisis las cortinas de humo son numerosas y utilísimas. Foto de flickr de TrevinC.

“Arturín, aprende francés, que alguna vez en la vida los españoles siempre tendremos que exiliarnos”.
El escritor Arturo Pérez-Revere ponía en boca de su abuelo estas palabras.

Mon dieu, cuanto más grande y más absurda es una polémica, más necesario es analizarla, no a ella, sino a lo que detrás se oculta. España, los españoles, no terminamos de despertar de lo que creemos ser una pesadilla. No hay resignación ante la realidad, pero tampoco hay consciencia de los errores cometidos, ni de los culpables. Por lo tanto, la única alternativa sigue siendo el chivo expiatorio, la cortina de humo.

Uno de los problemas más graves de la sociedad española es la soberbia, acrecentada por años de créditos fáciles y de consumo desmesurado. La apariencia fue como siempre el único fin vital y, por él, por el qué dirán, se ha sido capaz de hipotecar condiciones laborales y de vida. A cambio se han obtenido, coche, viviendas, migajas tecnológicas y viajes baratos para mostrar la chabacanería española en todos los continentes.

Otro problema, y de los grandes, es la preeminencia del deporte en la sociedad. Los éxitos deportivos no han servido para animar la práctica de éstos, ni para mantener costumbres más saludables, ni siquiera para el disfrute. Han servido, muy al contrario, para denigrar por fin al norteamericano, a los brasileños y argentinos, alemanes y franceses, derrotados en fútbol, baloncesto, tenis, balonmano o natación. Obesos, amantes de poltrona, forofos ultras y snobs de cartera repleta, han llenado los campos, han inflado los precios de la televisión de pago y han obligado a los representantes públicos a subvencionar agujeros negros como el Real Madrid y el Barcelona, por no citar más que a los grandes.

Parbleu, hoy, un mero sketch cómico procedente de Francia parece levantar las lanzas puntiagudas de los tercios de Flandes, ¡como si estos pazguatos supieran de historia! Al famoso grito de ¡vivan las caenas! miles de voces se unen en un coro infernal contra el gabacho. Sus mentes simples no van más allá de los tópicos más manidos, aún así, alguno, que es menos simple, agita las banderas patrias contra Napoleón.

Siempre me ha parecido curioso ese odio contra la invasión napoleónica. Violenta y cruel, -como cualquier otra guerra pasada o presente -, sin embargo, la invasión tenía algo del espíritu de la Revolution tras sus estandartes e intentó, torpemente, hacer progresar a un país atrasadísimo. Sí, gracias a Pepe el de la botella. El odio es más curioso, si se tiene en cuenta que nadie recuerda otra invasión francesa, la de los Cien mil hijos de San Luís. ¿Será porque Carlos X restableció al más odioso de los reyes de España, Fernando VII, poniendo fin al trienio liberal en 1823? La ignorancia es selectiva.

La polémica de los guiñoles de Canal + recuerda mucho a la de las caricaturas sobre Mahoma. Una vez más, la libertad de prensa, la ironía y la autocrítica sólo se aceptan dependiendo de qué lado estemos. Cuando el objeto del hazmerreír, de la sátira y la exageración era George W. Bush, Angela Merkel, Nicolas Sarkozy, Berlusconi o los fanáticos religiosos, a nadie le pareció mal. El dopaje es una realidad, su generalización al deporte español una exageración. La caricatura y la sátira son precisamente exageraciones. Ningún representante publico francés ha acusado a nadie y ya los nuestros se apuntan al cacareo de los periódicos deportivos. Horreur!

Deporte y humo. Foto de flickr de kurolesya

Mientras en Francia la gente continua con su rutinaria vida, preocupándose por la economía y por el programa de los candidatos para las próximas elecciones, -bien que ciertos programas electorales den mucho miedo- en España la gente se envalentona y, con la camisa abierta, se dirigen hacia el noreste esputando ristras de insultos.

Helas! Nadie o casi nadie cogita que mientras que las páginas de la prensa y las imágenes de los telediarios se llenan de demagogia, nuestro gobierno aprueba la reforma laboral más dura de la historia. Nuestro Estado de Bienestar se viene abajo, pero no nos importa, la tortilla de patata española tiene más huevos que la triste omelette francesa.

Una vez más escondemos nuestras vergüenzas tras el deporte, el fútbol sobre todo. Una oleada de odio se desborda cada día desde la irresponsabilidad de cetrinos idiotas que azuzan violencia desde cada una de sus palabras. El enfrentamiento continuo entre Madrid y Barcelona se ve entre nuestros vecinos galos, -desde el desconocimiento-, como una muestra de folklore, oh la la, les espagnols! Yo lo veo con temor y pena.

La final de la Copa del Rey la disputarán el Athletic de Bilbao y el F.C. Barcelona, normalmente debería celebrarse en Madrid, el mayor campo, la capital del país. Y sin embargo, presidentes de pacotilla -que no son más que especuladores inmobiliarios, pero con más poder que el verdadero presidente- se obstinan en oponerse, argumentando problemas de orden público y cánticos independentistas.

Nadie parece darse cuenta de que el fútbol, las finales, deberían ser una celebración donde el mejor ganase. Nuestra sociedad ya no acepta el espíritu amateur. Sólo se premia al ganador, al que automáticamente se lo obliga a volver a ganar, olvidando su victoria. Pero, en el deporte, como en la vida, todos no pueden ganar. ¿Qué queda del fairplay honorable?

La eliminatoria entre el Athletic de Bilbao y el Mirandés, un equipo de segunda división B, da un poco de esperanza. Así deberían ser los enfrentamientos deportivos, fiestas que unan. El fútbol debería, como tantas cosas, alejarse de la política de baja estofa. Por desgracia, el fútbol une, sí, pero a los imbéciles. A los que ya sueñan con superponer una bandera a la otra, con pitar los himnos, con aplastar al enemigo. Se dice que no se puede garantizar la seguridad de 40.000 bilbaínos y 40.000 barceloneses en Madrid. Mais c’est ne pas posible ! ¿Cómo se puede tolerar que no se garantice la integridad de 80.000 ciudadanos en la capital de su propio país?

Los niños no pueden hacer las cosas de los mayores, por ello, el gobierno debería suspender la final de la Copa, y de paso suspender sine die, las competiciones profesionales de Fútbol. Cuando no existe ni la legitimidad, ni la madurez, ni la responsabilidad, lo lógico es dejar a los niños en casa. De igual manera que los partidos políticos que provienen de movimientos fascistas, terroristas o fundamentalistas no deberían llegar al poder hasta que su madurez democrática estuviese garantizada, los españoles no deberían tener acceso al fútbol hasta que demuestren mesura, educación y respeto.

Vemos el humo, no vemos más allá. Foto de Flickr de chikipi.

Las consecuencias de tal decisión serían todas beneficiosas:

•    Primo, el ahorro económico en una época de crisis. Ningún club es rentable, de hecho los mayores, Barcelona y Madrid, están endeudadísimos, sólo su volumen de negocio y el supuesto valor de sus jugadores les permite tener acceso a crédito sin límites. La suspensión de la Liga suprimiría las ventajas fiscales de las que se benefician muchos jugadores y haría desaparecer las subvenciones publicas del Estado central y regional. Los presidentes de los equipos españoles son todos, casi sin excepción, empresarios del gremio inmobiliario, -el mismo que ha hundido el país-, mafiosos internacionales y jeques de monarquías petroleras. Curiosamente, el mundo del fútbol, que no se caracteriza por su inteligencia ni por su respeto a los emigrantes, acoge a estos multimillonarios con los brazos abiertos, a pesar de ser musulmanes, rusos, hindúes; de portar velo, pañuelo y chilaba; y provenir de países dudosamente democráticos. ¿La clave estará en los maletines de petrodólares? En todo caso, librarse del fútbol profesional significaría retirar de la vida pública a todos estos especialistas en desfalcos, doble contabilidad y tráfico de influencias.

•    Deuxio: Divisas. Gracias a la expatriación de centenares de buenos jugadores, la balanza comercial se beneficiaría de las remesas de nuestros futbolistas emigrantes. Evidement, un riguroso control fiscal sería necesario, para que los que más ganan, más ayuden a sostener el país.

•    Tercio: Ante la ausencia de partidos, de clásicos y de derbies, se haría mucho más el amor, se leerían más libros, se iría menos a los bares, mejorando la salud mental, física y sexual de 45 millones de personas. Además de reducir el número de divorcios y aliviar el atasco de nuestro sistema judicial.

Enfin, una vez sosegados en el amor, libres de alcohol en exceso y de los nefastos localismos y nacionalismos, frescos como ciudadanos de pro, tal vez entonces nos pondríamos a pensar. Cavilando nos daríamos cuenta de que a Francia le da igual el deporte español porque le da igual el deporte en sí. Con un poco de sentido común sólo podríamos aplaudir esa postura. Y con más calma, podríamos ver quién mueve los verdaderos títeres tras el telón. El verdadero partido se juega en nuestro Parlamento, en nuestros juzgados, en nuestras empresas, y ese partido no puede perderse, porque tiene que ver con los derechos sociales, con las verdaderas libertades individuales y con la supervivencia de una sociedad libre. Pensando, quizá llegásemos a la conclusión de que hay que salir otra vez a la calle… para reconocer que nos hemos equivocado, para reconocer que no somos el ombligo del mundo, pero que tenemos derechos como todo el mundo. Tal vez, en ese momento, asumiendo que nos hemos dopado y a lo grande, podríamos darles las gracias a los guiñoles franceses. Porque tras la exageración, con la sátira, podemos aprender a conocernos, a corregirnos y a mejorarnos. Porque es posible que nos diésemos cuenta de que los guiñoles no estaban hablando de deporte.

16 febrero 2012