Interdependencias.

“Não velei as armas do raciocionio para me ir à liça da absurdeza”
“No he velado las armas del raciocinio para batirme contra lo absurdo”
Camilo Castelo Branco, La caída de un Ángel.

Juan Luís Cebrían, presidente del País, -curioso país con casi más presidentes que ciudadanos – publicó hace poco un artículo, Escolta Catalunya, analizando la posibilidad de que en Cataluña se celebre un nebuloso referéndum sobre una nebulosa independencia. Nada nuevo bajo el sol estepario de la piel de toro. Nada nuevo que los humedales del norte y los secarrales del sur no hayan oído, visto, después de que España se crease, a trancas y barrancas, desde principios del siglo XIX. Fuera de España también están acostumbrados a oír las discusiones, pero no entienden nada. La historia es antigua, aunque no tanto. Yo creo conocerla y me parece que la gran mayoría la ignora y, ni por asomo, quiere comprenderla. De lo contrario, la situación actual, remedo de las crisis del XIX y XX, no sería tal y como es. Cada vez me resigno más, me refugio en mi reducto y aspiro a conservarlo lo máximo posible. Por eso, intentaré que esta escaramuza sea breve, -no lo conseguiré-, que salir de mi vana fortaleza sólo dure lo que una razzia ideológica, que sea expedita e indolora.

El artículo muestra como la actual deriva independista de ciertos sectores de la burguesía y, por extensión simpática, en mitad del bombardeo mediático y de la amenaza de la Crisis, de una parte de los ciudadanos de Cataluña, es un sinsentido respetable. Tal vez no sea la palabra adecuada, Cebrían se refiere a que ese sinsentido, por muy sinsentido que sea, debe ser escuchado. Llevamos toda la historia escuchándonos los sinsentidos recíprocos.

El artículo subraya varios elementos de gran interés. El primero es la falacia de los impuestos. La gran mentira que usan los nacionalistas, es la misma gran mentira de los ultraliberales: ¿Por qué mis impuestos deben utilizarse en mejorar las condiciones materiales y sociales de los “otros”? En este caso ¿por qué los impuestos de Cataluña se usan en Extremadura, Murcia o Andalucía? En plena crisis, este argumento fantasioso les parece evidente a los descendientes de extremeños, murcianos y andaluces, que desde  Barcelona, Mataró o Tarragona abogan, sin darse cuenta, por el liberalismo extremo que nos cierra hospitales y nos cobra los colegios. Precisamente esa debe ser la función de los impuestos, la de redistribuir. Evidentemente, quien más paga menos recibe, y viceversa. Negarlo significa acabar con el impuesto como medio de reequilibrio económico, justamente lo que desean los liberales radicales. La continuación lógica de ese razonamiento es que cada uno reciba lo que paga, es decir, que el impuesto desaparezca, Hayek y Friedman se frotarían las manos.

España ha recibido, y malgastado, millones de euros de los industriosos holandeses, suecos y, sobre todo, alemanes que ahora, usando nuestros mismos argumentos, nos lo recriminan y quieren “soltar lastre”, “cerrar el grifo”. Por si no nos damos cuenta, en nacionalismo, el argumento que nos engrandece y hace únicos, rápidamente nos estigmatiza y nos empequeñece. Se pasa de señalar a ser señalados en un instante. Afirmar que “nuestro” dinero es para nosotros sólo sirve para hacer el juego a los más poderosos, aquellos que carecen de patria y cuya bandera es el símbolo del capital, quienes más tienen que pagar cuando se redistribuye. Al Estado, a los Estados, se les puede criticar por mal distribuir, pero como dice Cebrián, es un atentado contra la democracia sostener que sea una injusticia utilizar los impuestos allá donde sea necesario, dentro o fuera del territorio de un país. Cuando los dineros de los unos y de los otros se utilizaron en favorecer la expansión de las multinacionales en el extranjero, cuando se usaron para crear delegación regionales con intención de embajada y cuando se usaron para tapar los agujeros bancarios creados por todos, los que hoy protestan, asentían con mirada seria.

El Roto, siempre certero en su viñeta del 29 de septiembre de 2012.

El Roto, siempre certero en su viñeta del 29 de septiembre de 2012.

El segundo elemento interesante del artículo es el que habla de la ineficacia de ser independiente. Quien tenga un poco de sentido común podrá observar que es, precisamente, la debilidad de los Estados y de Europa a la hora de meter en cintura a los bancos, de apagar el pequeño fuego de la deuda griega y, de controlar a los capitales financieros, agencias de cotización y resto de mequetrefes, la que ha desatado la crisis. Europa esta deslavazada desde que en Francia se rechazó la Constitución europea por escasa y limitada. Era poco, hoy no tenemos nada. Hoy lo que necesitan los intereses objetivos de la mayoría de los europeos es que Europa se constituya como un ente político supranacional, con poder y atribuciones. Con capacidad para contener los intereses antisistémicos de los flujos financieros, los desarreglos ecológicos y los desafíos sociales del planeta. En cambio, a nivel europeo, también observamos los delirios “independentistas” que intentan enterrar Europa y volver al proteccionismo, en Alemania, en Austria, en Suecia. Para ellos, como para algunos españoles, una parte de los europeos son prescindibles, por qué dedicarles nuestros impuestos. Muchos de esos españoles, en Bilbao, Barcelona o Madrid, no se dan cuentan que en Alemania hablan de ellos.

Algunas causas

Sin embargo, el autor del artículo olvida uno de los problemas primordiales. Uno que ayuda a comprender el hecho de que los estallidos de xenofobia y chauvinismo en España sean tan intraespañoles. La Transición tuvo el enorme defecto, -tal vez por determinación, tal vez por incapacidad-, de dejar desatados los lazos estatales, nacionales, políticos. Esos lazos han bailado acompañado cambios y décadas, las de los tardofranquistas, de los terroristas, del crecimiento económico y la liberalización de las costumbres e ideas, de Europa, la emigración e Internet. Esas cuerdas desatadas se convierten en látigos cuando el pan falta. Y quien dice el pan, dice el teléfono móvil y el piso en la playa. La Transición cimentó las diferencias regionales, -causadas por la falta secular de un Estado lo suficientemente centralizador-, sublimándolas por encima de las leyes políticas y del Estado. Una de ellas, los llamados derechos históricos, el cupo vasco y navarro, son restos del pasado feudal que se atesoran y se exhiben llegado el día. Otras, los 17 presidentes de las regiones, los 17 parlamentos, los prebostes apoltronados en las provincias, los inventores de universidades vacías, aeropuertos fantasmas y puertos sin barcos, los folkloristas subvencionados y los bardos aduladores. Es cierto que el lastre era pesado y tal vez todo no se pueda achacar a los políticos de la Transición. Bastante hicieron, tal vez, pero los lazos desatados convertidos en látigos nos fustigan todos los días y nos hacen perder el tiempo intentando enmendarlos.

Porque nos creemos esas patrañas salidas del medioevo nos va como nos va. Por eso desviamos la mirada y nos enguirnaldamos con cualquier historieta digna de Asterix. En algún momento del artículo, Cebrián habla de una cultura multicentenaria particular. La cultura es una excusa. La cultura excluyente, o excluida; es, además de un atraso, un contrasentido. No existen culturas nacionales, como no existen culturas de civilizaciones. Existe una sola cultura que puebla el planeta, compuesta de trazos y retazos, de rasgos comunes y de diferencias que muestran que cada individuo es capaz de inventar, de pensar por sí mismo. Sólo existe una raza, la humana, o inhumana, si prefieren, con siete mil millones de facetas distintas. Con la cultura ocurre lo mismo, hay una, tan diversa como la Humanidad. Es así, pero conviene que no lo sea, para atizarla candente y superior por encima del resto.

La independencia de grupos de humanos es en sí, un absurdo, -ya que la solución de los problemas es siempre más justa cuanto más global, cuantos más individuos incluye-, pero cuando ocurre, ocurre por intereses económicos, por deseos de poder, nunca por motivos culturales, religiosos. Esas son las excusas, las banderas.

Nuevos problemas, viejas soluciones

Frente al problema de Europa, de la crisis y los poderes de las finanzas mundiales, sólo se nos ocurre mirarnos el ombligo. La política española, tan amante del subterfugio y el escapismo, inicia su enésima escaramuza entre los humos y las miasmas sin olor, buscando el Grial, la fuente de la eterna juventud, temerosa de la Santa Compaña, a la que imagina tras cualquier recodo de este barrizal que recorremos todos juntos. Los tópicos de siempre reviven en bocas nuevas, y eso sirve para que lo serio, lo central no se toque. Eso y la capa pesada del oscurantismo religioso azuzada por políticos supuestamente razonables. Entre unos y otros parecen querer volver al ordenado mundo de los años 1950, donde sus dioses y sus banderas todo lo controlaban, todo lo dirigían, quieren un país, o varios, repletos de ignorantes, gobernados por la misma élite de siempre. Sin discusión, sin oposición, ese el futuro que aplaudimos como tontos.

Lo más probable es que tras esta maniobra, en Cataluña, algunos, busquen un nuevo reparto de los dineros, una especie de Concierto económico vasco, un acuerdo, que como el del País Vasco y Navarra, haga que la mayoría de los impuestos recaudados en estas regiones queden en manos de los gobiernos autonómicos respectivos. De nuevo nos encontramos con los famosos derechos históricos, históricos por antiguos, -ni Franco los revocó-, que explican en parte, porque Navarra y el País Vasco son dos de las regiones más desarrolladas de España. Como bien dice Cebrián, si Cataluña obtuviese algo similar la sostenibilidad de las cuentas del Estado central sería complicada. Sin embargo, tras la gran cortina de humo rojigualdo está el dinero de los impuestos y las estrecheces de las cuentas del Estado regional, en este caso de la Comunidad de Cataluña. Que lo consigan o no, lo sabremos pronto, pero azuzar fantasmas y tensar cuerdas sólo puede provocar tristes pesadillas o que las cuerdas se rompan.

Lo que más me sorprende es que en el debate, si es que existe, nadie cuestione el statu quo, la existencia de regímenes fiscales diferentes y de tal calado dentro del mismo país; la inclusión en la Constitución de conceptos atávicos y antipolíticos como las naciones y los derechos supuestamente históricos. Todo el edificio autonómico, todo el dinero destinado a las lenguas regionales, al folklore, a las televisiones regionales, no ha sido más que el condimento, el envoltorio para proteger privilegios fiscales y económicos por parte de las burguesías más poderosas. Además, al ser necesario conservar la apariencia igualitaria, la estructura se repitió en todo el territorio, el famoso “café para todos”. La consecuencia, es que el Estado no tiene una configuración cerrada y, por tanto, esos lazos sueltos se agitan, con medianías colgados de ellos, dentro de una estructura estatal que cambia sin sentido ni lógica, generando tensiones y alejando la discusión política de la cuestión política. Sólo existe la cuestión nacional, regional, estatal. Es un partido de fútbol donde la gente se va haciendo cada vez más fanática e irreflexiva.

En el fondo somos unos antiguos, nos gusta el rancio abolengo y nos deshacemos por ser nobles o hidalgos. La modernidad huyó de España y hemos llegado al presente de milagro. Seguimos creyendo, todos, las mismas tonterías y los mismos cuentos. La falacia nacionalista es flexible, hoy habla de Cataluña y desprecia a Extremadura, mañana pueden ser Lleida y Tarragona las sacrificadas. La falacia nacionalista tiene el límite que desea y cuando lo desea, no en vano son los creadores de fronteras. En España, la enfermedad nacionalista es una pandemia sin límites geográficos ni sociales.

Entre tanto humo, se pierde el tiempo en nimiedades. Quizá por eso la intelectualidad del país no ha criticado este problema. Es posible que hayamos sobrepasado el punto de no retorno. O puede que los intelectuales, como la ciudadanía, hayan interiorizado estos discursos transformándolos en creencias, en esencias, en realidades. Igual soy yo el único que no cree lo que ve. Es posible que yo sea quien esté equivocado, que la realidad jacobina que desearía sólo sea un ensoñación. Puede, que pensar que mis ancestros lo hicieron rematadamente mal, estuvieran donde estuvieran, fueran quienes fueran, sea un delirio. Pensar, como pienso: que no murieron cuando debieron morir, peleando por sus tierras y colgando señoritos; que no quemaron fábricas y esquiroles; ni rumiaron toda la pólvora necesaria en cada guerra civil, y hubo varias; ni cargaron con el suficiente valor y la suficiente poca piedad. Sé que es injusto, pero sigo pensando que mis antecesores no usaron la guillotina cuando había que usarla; que no ardieron suficientes palacios, conventos y monasterios cuando era necesario; que no desamortizaron bien, ni colectivizaron, que no supieron nunca que bando les convenía, ni tampoco supieron hacerse empresarios cabales cuando era necesario. Emigraron, se santiguaron y agacharon la cabeza. A la fuerza, sí, pero lo hicieron. Y después, se envolvieron en banderas, imaginaron que hablaban con perfección un idioma, -u otro-, pero lo abofeteaban en cada frase, y más tarde, cuando las cosas fueron mejor, se sentaron delante de la tele. Es injusto y egoísta, lo repito, pero por su culpa, yo tengo que soportar todo este sinsentido de país tercermundista y amigo del puñal.

Interdependencias

Foto de A. Fernandez.

Tengo la certeza de que no voy a cambiar el mundo, pero creo que el mundo tampoco me puede cambiar a mí. Exijo, en cambio, que se me respete y se me tenga en cuenta, quiero existir en el paisaje político como existo en la sociedad por la que camino y que compongo. Y como yo hay miles. No puedo ejercer el poder, pero quiero reconocerme en él, quiero que se disipe este humo de engaños, que el aire sea claro y se respire mejor, para poder protestar, oír y ser oído. Yo no tengo derechos históricos, sólo tengo derechos políticos, derechos sociales, derechos humanos. Éstos son los único válidos.

Un grave error es entrar en el juego nacionalista, sea cual sea, y despistarnos, alejarnos del núcleo del problema, el poder y el capital. En política, el reduccionismo nacionalista, con su inutilidad e inmovilismo, además niega la existencia, y hasta la representación, a los no nacionalistas. Desaparecemos de la escena y todo el plano lo ocupan los banderizos. Sin visibilidad nos hacemos más pequeños, menos influyentes. Y sin embargo, miles de ciudadanos viven en este país sin creer en los derechos históricos de nadie, atónitos ante los embaucadores que nos usan para engordar sus naciones irredentas o inmemoriales, o ambas cosas. Más miles en el País Vasco, y en Cataluña y en Madrid y Andalucía, muchos. A muchos les repugna que la Iglesia, la religión, se entrememezclen en la política y la vida social de quienes ni creen, ni quieren creer. Les solivianta que se destruya el patrimonio natural, que pertenece a toda la humanidad, con la cháchara patriota y las especulaciones pecuniarias. Les indigna que las culpas y las consecuencias de la crisis recaigan en los más débiles, sobre los menos poderosos. Y a miles de olvidados les sigue sorprendiendo como nos sigan engañando, siglo tras siglo, con la misma milonga. Los hay en la Rioja, en Galicia y en todos los sitios que no cito, a ellos les da igual el lugar, están por encima de él. Piensan en ideas. Nos da igual el color del pasaporte, pero necesitamos uno. Uno que nos abra al mundo y nos permita atravesar las fronteras que quedan. No nos gustan las fronteras y, como los judíos del Imperio Austrohúngaro, pensamos que más vale un país más grande, diverso y bastardo, que muchas naciones pequeñas, mentirosas, puras y necias. Por ahora nos llega con España pero aspiramos a desdibujarla y fundirla en algo más grande, más justo y mejor. Por ahora no se nos oye, no se nos ve, más nos valdría empezar a agitarnos.

La razzia ha sido mucho más larga de lo esperado. Cubierto de polvo y sudor, de la mugre del camino, del lodo del suelo me apoyo en el umbral del reducto. La puerta está abierta y dentro huele a comida. La hoguera está encendida y suenan voces agradables. La tentación del reducto es muy grande, sólo exige la sumisión a los ineptos. He aquí la cuestión.

Septiembre 2012

Foto de cabecera Rodrigo Ortega.