El Roto, quién mejor que el para mostrarnos la realidad que nadie quiere ver. Publicado en el País.

El marketing viral consiste en utilizar Internet, los teléfonos móviles, para transmitir un mensaje. Puede tratarse de la publicidad de un producto o de una idea, puede ser cierto o falso, la cuestión es que se expande como un reguero de pólvora gracias a la inmediatez y adicción a la “información” y a la “comunicación” que permite Internet.

Yo no querría hablar de todo esto, hay otros temas de interés, que además, creo más importantes y útiles socialmente. Sin embargo, la actualidad parce obligar, la triste actualidad de España. Cada vez más se recurre al marketing viral para extender ideas utilizando el prestigio de personalidades públicas. Ha ocurrido con Arturo Pérez-Reverte, José Luís Sampedro y ahora ocurre con la periodista Julia Otero(1). Supuestos mensajes comienzan a circular y se expanden por la red, como las cartas con las que antes algunos desalmados intentaban engañar a la gente utilizando la lastima y la caridad. En este caso, nada nuevo, se apela a la identidad del personaje para defender un discurso, en este caso un discurso independentista. La interesada ha negado la autoría, pero eso no importa una vez que el virus se ha extendido por las redes. Los adeptos a la idea vehiculada aplaudirán vehementemente, los enemigos crujirán los puños y soltarán exabruptos.

A parte de la falsedad de la carta, es interesante observar como los argumentos no valen si no están apoyados por una voz de peso. Es necesario que se creo una onda de choque dominada por el cotilleo. Fulanito ha dicho que. El qué no importa. El otro punto destacable es observar que el nivel discursivo tiende a la nulidad. El arguento que negamos a los otros, nos vale a nosotros. La inconsistencia de tales discursos debería ser ya flagrante, pero parece que no existe atisbo de inteligencia en quienes usan dichas argumentaciones. O mejor dicho, parece que se diga lo que se diga, la falsedad funciona cuando existe un auditorio receptivo, dispuesto a creer cualquier cosa. Cualquier cosa menos la verdad, la certeza que dice que todos somos culpables de la crisis, que hemos hecho muy mal ciertas cosas y que para arreglarlo deberíamos cambiar.

Como no se quiere cambiar, nos adentramos en la lucha identitaria. Es ridículo. En la lucha por ver quienes son los más viejos, quienes tienen la nación más antigua, más legitima, más literaria y culta, pronto se plantarán banderas en Atapuerca. Pero que digo, ya se ha hecho, el nacionalismo vasco ha utilizado, -no es el primero-, la arqueología para defender sus tesis de ser un pueblo elegido. Algo validado por el caduco y conservador nacionalismo español del XIX, fundado a su vez en los mitos medievales, alimentados por los Austrias y Borbones, donde se habla de los vascos como los primeros españoles.

Con tal de no asumir en conjunto los problemas, se apela a la leyenda. Con todo, evidentemente, España no existía antes de 1812. Si nos apuramos, ahora existe a pesar de los españoles y de su histeria colectiva. Pero, ¡ninguna nación existía antes de 1800! Reinos, Repúblicas o Imperios eran entidades políticas, algunas con Estados desarrollados (administración, ejercito, etc…), pero nada que ver con la identidad nacionalista, con el pueblo homogéneo que todos los nacionalismo inventan. De igual manera que el Reino de Castilla o el de Aragón, no eran más que eso, entidades políticas regidas por reyes que actuaban como delegados de Dios -y cuyas fronteras bailaban al son de la influencia y poder de éstos-, los Condados Catalanes no eran más que entidades menores, dependientes de otros soberanos, Carlomagno, y después los reyes de los que he hablado. Hablar de pueblo catalán, español o merovingio es una barbaridad. Todos juegan con la historia, porque la historia se inventa, y así, suena al gusto de cada uno. Hablando de Cataluña, la Guerra de Sucesión no lleva el nombre por casualidad, varias ramas nobiliarias se lían a cañonazos para defender ¡sus derechos dinásticos en Europa! Nunca he entendido la ucronía histórica de ciertos nacionalistas por la dichosa guerra. Suena a propaganda burda. De igual manera me vibran las neuronas, cuando oigo decir, o leo, que Séneca, Viriato, Recesvinto o Isabel la católica eran “españoles”.

Los países de hoy en día existen de facto, de perogrullo. Por país me refiero a las entidades políticas, -centralistas o federales como la nuestra-, legalmente constituidas y rconocidas que existen realmente hoy. No me interesa el pasado, no al menos para esto. Mañana pueden existir otras, pero hoy no existen. Las entidades que existen se enfrentan a desafíos globales. Las grandes empresas existen a nivel mundial, expresan su poder en todos los países, influyen, presionan, obligan. Los desajustes climáticos, los problemas de la contaminación, la producción de energía y alimentos, los trasportes, la educación, la salud pública, han sobrepasado las fronteras de los Estados que existen.

Me parece saludable romper los límites que impiden que nuestras medidas sean eficaces a nivel mundial, o lo que es lo mismo a todos los niveles, desde el individual y el local, hasta el planetario. Por eso, creo en la colaboración y la creación de entidades supranacionales que hagan olvidar los limes ridículos que separaban los valles, los dos lados de una cordillera o un mar. Así, me parece insensato apelar al pasado medieval, a la tradición obtusa, sea cual sea, para abogar por más fronteras, más identidad separada e inútil. ¿Acaso creen que las nubes tóxicas, las enfermedades, los cortes de energías, las hambrunas, la influencia de los especuladores financieros, se pararán en sus relucientes y nuevas fronteras, en sus caducos y viejos límites? Se preocupan por el pasado porque el futuro les da igual. Claro está que les da igual, porque sus banderas son pieles de cordero.

Y mientras tanto, el debate político se dispersa y se pisotea. Mientras truena la nación, calla la res publica.

Noviembre 2012

(1) Con su nombre se ha vertido a internet una carta donde la periodista defendía la independencia de Cataluña, utilizando argumentos “históricos”.