“No habrá paz en Europa, si los Estados se reconstruyen sobre una base de soberanía nacional (…) Los países de Europa son demasiado pequeños para asegurar a sus pueblos la prosperidad y los avances sociales indispensables. Esto supone que los Estados de Europa se agrupen en una Federación o entidad europea que los convierta en una unidad económica común.” (Argel, 1943) Jean Monnet

Construir Europa es construir un proyecto común que tiene que ser más libre y abierto, más justo y democrático.

La tristeza es doble, pero la tristeza no es nada frente al terror del avenir. Los ciudadanos de Europa han demostrado su envidia, su egoísmo, sus odios más animales y su supina ignorancia. No está bien menospreciar, denostar a quien piensa de manera diferente cuando los resultados de un voto, una decisión, no son aquellos que esperábamos. Es cierto, pero desde el momento en que las ideas y los actos se dirigen hacia la anulación de la poca democracia que gozamos; cuando las afirmaciones y las opiniones son dominadas por el populismo, el nacionalismo y la exclusión; cuando los únicos discursos y propuestas se basan en la vuelta al totalitarismo económico, político y social, cuando todo eso ocurre es necesario oponerse de alguna manera.

Los resultados electorales en Europa y España muestran el corolario lógico de los años de la Crisis, pero no sólo eso. Porque las decepciones, los miedos y las mentiras que se han convertido en opiniones corrientes desde 2006 provienen, se cimientan en las vanas esperanzas, el consumismo desaforado y el apoliticismo mentiroso que ha ocupado Europa desde los años 90. Tristemente, para amigos y ciudadanos, todo este discurso no pesará tanto como las proclamas independentistas catalanas, los orgullos sazonados en soberbia de los vascos, el victimismo celta de gallegos y el flamenco-andalusí de los andaluces o el chabacano casticismo de los madrileños. Lo que se diga, no valdrá nada contra el nacionalismo cerril y populista de los franceses, daneses o británicos, el racismo nazi de los griegos, eslavos, escandinavos, mediterráneos…no agitará las mentes, por mucho que este discurso, -que no es la verdad-, se base en la razón.

Partiendo de la derrota dialéctica, la intención quedará en un canto propio que me permita seguir siendo. Ante tanta ignorancia, tanto temor y tanta violencia que se comprime y se condensa, esperando sólo el momento de explotar, necesito recordarme que por mucho que la estupidez predomine, ella no es la solución para ningún problema. Vaya por delante, que generalizo voluntariamente, acuso a todos sabiendo que todos no son iguales, que por suerte aún sólo hay una gran minoría ignorante o malvada y que la mayoría está compuesta de gente normal. Pero es la gente normal la que alza al poder, la que permite la existencia del mal, por ello es esa mayoría la que debe reflexionar y actuar con la razón y la justicia como únicos elementos esenciales.

La situación es tan grave que incluso reduciendo su peso y explicando que en realidad el 25% del votos antieuropeos y antidemocráticos de franceses y daneses, no sean “más” que un 10% o 15% en una elección con abstención “normal” y que en numero de votos el aumento sea muy pequeño o inexistente; la mera existencia de tal cantidad de votantes de opciones tan extremistas y xenófobas en países tradicionalmente “civilizados” es peligrosísima. Porque el panorama es similar en toda Europa, con la especial y particular España.

El principal problema es que en lugar de intentar modificar la orientación del sistema económico, haciéndolo más estable y sostenible, en lugar de proteger y desarrollar el Estado de Bienestar, buscar una vida más sencilla y agradable para el conjunto de la población, nos esforzamos en debatir sobre cuestiones sin interés real, es decir sobre la identidad, sobre quien es nosotros y quien no lo es. Continuamos obstinándonos en perder el tiempo, en malgastar las fuerzas en discursos y acciones vacías. En buscar la independencia gracias de nuestros viejos Estados-nación, o lo que es aún más inútil y terrible, creando otros nuevos, disgregando poder para contentar a un puñado de nuevos potentados. Así se evitan soluciones eficaces para las necesidades y problemas globales, -que están intrínsecamente ligados a los locales -, lo que facilita el dominio de los grandes poderes mundializados.

Cambien el balón por una bandera y obtendrán el mismo efecto. Señalen a un grupo y la masa se echará sobre ellos, dejando tranquilos a los verdaderos culpables.

España ha sido siempre la crema de la inutilidad del discurso y de la acción política. Y continuamos por el buen camino. Europa, y en especial Francia, en lugar de darnos un par de bofetadas y despertarnos de nuestra modorra, parece copiar los errores de España. Así, el nacionalismo más terco y cerril parece extenderse por el hexágono y por el continente de las luces. Escandinavia también, aún sin crisis y gozando del Estado de Bienestar más avanzado y desarrollado del planeta parece enferma de racismo, xenofobia y brotes de nazismo. Que los ejemplos se conviertan en pesadillas, parece dar alas a los distintos españoles para añadir cizaña y justificar, lo mismo de siempre con los mismos argumentos identitarios. La culpa nunca es nuestra sino de algún otro, otro cercano. El objetivo paradójico de algunos de estos grupos es la defensa del estado de bienestar, pero sólo para quienes ellos consideran como miembros de su nación. Este discurso absurdo y egoísta aparece en Suecia, Dinamarca o Noruega; en el Frente Nacional francés; en Cataluña o el País Vasco, obcecados en guardar sus privilegios medievales o en imponerlos de nuevo; en toda España, cuando se habla con desdén de los inmigrantes a los que se trajo para construir la burbuja inmobiliaria primero y sostenerla después comparando pisos.

La identidad es una enfermedad y sus argumentos me niego a siquiera considerarlos. Sus rasgos no son inmutables y genéticos, es escogida y cambiante, traicionera y cínica. Hoy es un simple disfraz, una máscara tras la que se oculta el miedo, la inseguridad y el odio irracional. La identidad se consume, como se consume todo lo material, se usa mientras sirve y se tira para coger otra nueva, supuestamente más útil. Hoy la bandera es una moda por ahora, quizá esto sea lo único esperanzador.

En mitad de tanta irracionalidad, en medio de un caldo de cultivo que sublima la pertenencia a un grupo (nacional, religioso, racial…) las derivas políticas pueden ser sumamente peligrosas. En mitad de estas miasmas que perturban el raciocinio de la masa, ciertos grupos saben atraerse con diatribas populistas a millones de ciudadanos que renuncian a su ciudadanía, -es decir al predominio de la razón, la buena ley y el bien común-, a cambio de la supuesta seguridad de la tribu, al reconforto del idioma arcano que nos protegerá del enemigo, que siempre es el otro, todos los otros. Sabemos, porque la historia se repite siempre, que las masacres del siglo XX estaban originadas en años y años de miasmas, de ideas malsanas que flotando en el aire de la sociedad, europea y mundial, acabaron condensándose y precipitándose. Las guerras mundiales, los genocidios y asesinatos de millones de seres humanos fueron una consecuencia lógica.

Con casi un 60% de abstención es fácil que el populismo se instale en Europa. Y después de no votar ya es muy tarde para protestar.

Acuso a los europeos por su irresponsabilidad, por su falta de criterio, de reflexión, de imaginación, les acuso por egoístas y mentirosos, por tener fácil el olvido y difícil la generosidad, por ser cínicos e injustos con el resto del mundo y sobre todo con ellos mismos. Tal vez, parezca de nuevo agorero y exagerado, pero si Europa ha vivido en paz durante 70 años, entre otras cosas, lo ha sido por la creación de la Unión Europea y la cooperación sincera entre Francia, Alemania y el resto de los socios del continente. Por eso, veo preocupado que las únicas alternativas, las de la ultraderecha y las de la contestación pseudo izquierdista proponen ambas discursos basados en el tópico y el rechazo desde el nacionalismo, contra España o sus regiones, contra Grecia, contra Alemania. Porque los problemas no son ni España ni sus regiones, ni Grecia ni Alemania. Los problemas son las políticas económicas aplicadas por los gobiernos a los que votaban los mismos que ahora se dirigen hacia los extremistas nacionalistas. La crisis viene de la locura consumista y la simplista idea de que se podía ser rico sin trabajar. De la misma manera, las políticas económicas, -por tanto sociales-, puestas en práctica desde 2008 para resolver la Crisis son igualmente responsables de la situación actual, por haberla aguzado y empeorado.

La crisis económica europea es el resultado de una práctica económica destinada al colapso. El modelo económico desarrollado desde los años 80 ha supuesto por un lado una financeirización gigantesca de la economía, es decir, que las operaciones comerciales que intercambian acciones y otros activos financieros es tal que su peso económico supera varias veces en volumen monetario a la economía real. El problema es que los beneficios que se extraen de la compraventa de valores financieros provienen de la economía real, a la que se exprime y se exprime para salvaguardar los balances financieros concentrando la riqueza en muy pocas manos o en entidades virtuales incontrolables. La velocidad con la que el capital debe circular y rentabilizarse debe ser vertiginosa. Hay que producir cada vez más y más rápido, vender más y más rápido, consumir, más y más rápido. Las consecuencias son desastrosas. La gestión de los recursos es pésima, el agua, la tierra, las materias primas se consumen de manera absurda sin sentido común ni lógica alguna. La producción crece y debe crecer el consumo y la substitución de los objetos consumidos. Los problemas de contaminación y agotamiento de los recursos vitales son cada vez más graves. Además, teniendo en cuenta que los salarios deben reducirse en valor absoluto para rentabilizar aún más el capital y permitir la sangría financiera, el consumo sólo puede lograrse con el crédito. La generalización expansión del crédito, facilita reproducción del capital pero fragiliza la estabilidad del propio consumo, y por ende de la producción, es decir de todo el edificio. Una crisis de confianza como la de 2006 y 2008 provoca que todo el sistema se tambalee.

Actualmente nos encontramos en esa coyuntura. Ante el fin de la confianza y del crédito consecuente, la economía real se comprime ya que la rentabilidad no existe o es limitada y a largo plazo. Sin inversión privada el paro aumenta, al aumentar el paro se reduce aún más el consumo, -ya de por sí disminuido-, y la confianza agravando el círculo vicioso. El capital financiero huye hacia otros lugares donde reproducirse, como los países emergentes y los mercados de materias primas. La población ya pauperizada relativamente durante la época de crecimiento se enfrenta a su verdadera fragilidad cuando se termina el crédito y aumenta el desempleo.

La centralización europea debe resolver los problemas locales. Unir y ceder poder para tener más poder.

En ese momento, la responsabilidad de los gobiernos europeos se revela esencial. Primero por haber favorecido un crecimiento vacío, -más vacío en España por la preeminencia del sector inmobiliario-, segundo por haber respondido a la crisis de la peor manera posible, con políticas de rigor que sólo han empeorado la situación. Los partidos de gobierno, tanto la derecha liberal y conservadora como la socialdemocracia han caído en el error de pensar que el mercado se autorregularía. No han comprendido nada de la economía y no han entendido que los recortes agravarían la situación. Las políticas de relance económico eran la única solución, sí, y sólo sí se acompañaban de una profunda reforma de los mercados financieros y se encaminan hacia reformas revolucionarias en el ámbito de la energía, la gestión de los recursos, la formación y el modo de producción. Tras la crisis en 2008 parecía que los gobiernos europeos controlarían el sector bancario e impedirían que la crisis volviera a aparecer, por el bien del capitalismo. Muy por el contrario, han cargado los costes a las clases medias y populares. Con ello la capacidad de consumo se ha reducido más aún, han aumentado los problemas sociales de toda índole y el descrédito de las instituciones políticas ha cristalizado.

Por tanto, las causas son anteriores, remontan a la época de bonanza económica. Durante ese periodo, como complemento necesario al desastre irracional, no se educó, en y por la ciudadanía, buscando la reflexión independiente y el espíritu crítico de cada individuo. Se educó por y para la lengua, por y para la identidad y el gregarismo laboral, social, por y para el imperio del fútbol y el apoliticismo. La educación no es sólo la escuela y la universidad, es la familia, son las todas las instituciones del Estado, la prensa, las Artes, los científicos y los intelectuales. Todos han, hemos fallado. Sin sustento ideológico sensato y crítico, la gente ha asumido los lugares comunes más simplistas y reductores, se ha refugiado en “su lengua”, “su folklores y mitos” y el omnipresente deporte y los programas alienantes de la televisión. Que el nacionalismo siga creciendo en España y el populismo racista y neonazi en Europa, no es, por tanto, ninguna casualidad.

La izquierda europea ha fracasado al no ser capaz de proponer un programa económico y político diferente, un programa que busque un modelo económico menos autodestructivo, más sostenible y sobre todo más justo. La economía que necesitamos debe reducir su volumen para concentrarse en los aspectos esenciales de la sociedad: la educación, la sanidad y disfrute de la vida. Y no me detendré a demostrar lo esenciales que son, piensen ustedes. Todos ellos están relacionados con el trabajo, con la obligatoriedad de un nuevo modo de trabajar y de producir, un nuevo sistema que forzosamente debe ser menos voluminoso, en recursos, en producción y en tiempo. Sin esa revolución, agotaremos y contaminaremos la tierra, destruiremos el medio ambiente, y a medio plazo no será posible aumentar la producción lo que nos llevará a una nueva crisis, a más tensión, más violencia y exclusión, por lo tanto más populismo y a la vuelta de la esquina la guerra y el tirano salvador con el que empieza la masacre.

La única identidad útil es la del individuo, la que nos permite tener la consciencia de ser uno mismo. Un yo único que comparte su existencia con el resto de yoes. Un yo que debe compartir la sociedad, con justicia y solidaridad, con respeto y responsabilidad.

La izquierda no puede ser la derecha. La izquierda no puede ser neoliberal, nacionalista, racista, autoritaria. No lo puede ser si quiere mantener su esencia política, ética, su legitimidad y su fuerza. No puede serlo por mero calculo estratégico, ya que transformada en derecha, la izquierda nunca podrá ser más que un remedo patético que no servirá ni para ganar elecciones. Un partido de derecha siempre defenderá con más fuerza y sinceridad sus propias ideas que uno de izquierda. Además, caer en la trampa del federalismo y el independentismo, es para la izquierda, sobre todo en el caso español, una vergüenza y un desastre político, estratégicamente inútil. La solución es crear un programa en el que se crea para que cuando se llegue al poder, no lo será ahora, se tenga la legitimidad necesaria para aplicarlo e imponerlo, aún a riesgo de volver a perder las elecciones. Es el único camino.

De la misma forma, la tentación de la derecha a acercarse a los partidos nacionalistas, xenófobos y racistas que pululan en Europa sería un error estratégico terrible, además de peligroso precedente que mancharía su integridad y les quitaría toda legitimidad democrática. Jugar al nacionalismo, al populismo, al racismo, es el único argumento que poseen los viejos y los nuevos partidos de extrema derecha europeos. Y ellos saben jugar y usarlo mucho mejor que la derecha tradicional, porque carecen de escrúpulos y el odio les sirve de manera ideal para vehicular sus discursos simplistas. Esta vez, el remedo triste y patético lo sería la derecha democrática. En el caso español la situación es diferente, pero hace inevitablemente perentoria la necesaria autocrítica y la inevitable separación definitiva de lo que es hoy la derecha democrática y lo que fue la derecha golpista.

Erasmus, gran instrumento para limitar las identidades, para mezclar gente e ideas. Muchas banderas juntas pierden su poder, se convierten en fragmentos de un arcoiris multicolor.

Las causas del virus nacionalista, del resfriado que se transforma en gripe y que corre el riesgo de acabar siendo un terrible neumonía son económicas, como siempre. Toda Europa está ya enferma, y Rusia se ha contagiado, aunque es probable que ya estuviese afectada. En Estados Unidos, la gripe nunca se ha ido; China, Japón e India también están resfriadas y el mundo árabe desde Mauritania y Mali hasta Pakistán e Indonesia sufre la neumonía crónica. Lógico, porque en 2014, la economía mundo, los grandes flujos financieros y comerciales afectan e influyen la vida de todo el planeta. Y cuando la situación económica es injusta y la población no puede comprar lo que ve en la televisión, la insatisfacción se tiñe con más facilidad de miedo. Del miedo surgen los peores sentimientos del ser humano.

Los lazos son globales, pero volviendo a Europa sería conveniente preguntarnos como algunas de las mejores y mejor formadas generaciones de europeos están cayendo en el nacionalismo reductor, en el identitarismo religioso, racial, etc.. Bien que la economía sea el trasfondo estructural, la cuestión ideológica debería ser una de nuestras primeras reflexiones. El papel de los políticos, el papel de las empresas, el papel de la desidia ciudadana colmada con medios de comunicación planos y repletos de publicidad, de deseos de consumo, irrealizables, es quizá esencial. Como lo son las injusticias y las diferencias sociales crecientes que Europa comparte y, que a veces se cristalizan en grupos que comparten el mismo origen. Si una sociedad democrática muestra que la meritocracia, la igualdad de oportunidades, la igualdad ante la ley y le redistribución social no son los vectores fundamentales deja progresivamente de ser democrática.

Con tal caldo de cultivo, el papel impulsor de los medios de comunicación que han tratado y tratan a los partidos nacionalistas europeos como si fuesen partidos normales, ofreciendo publicad gratis a fantoches que agitan banderas cubiertas de horror debería tenerse en cuenta. A cambio de miserables cotas de audiencia se invita a todo tipo de populistas para que viertan su hiel todos los días. Tras la verborrea inicua de la prensa amarilla y el fútbol, el veneno populista se extiende por los hogares de Europa. Un veneno peligroso y cruel al que todos nos vamos acostumbrando. La incapacidad de los medios para ejercer su función crítica es lamentable ya que su capacidad formativa, de reflexión y crítica es grandísima.

Finalmente, es el conjunto de la población el que es responsable, por omisión u acción de los males que nos afectan. Seguimos sin asumir que parte del problema fue causado por nosotros mismos. Nuestros deseos desaforados por consumir más y más, por trabajar más y por ganar más dinero han acelerado y permitido que las burbujas especulativas siguieran creciendo. Los europeos han favorecido un sistema que explotaba los recursos de todo el mundo, y con ellos, a las gentes de todo el planeta, para vivir un sueño dorado insostenible. Como adictos, sufrimos la falta de nuestra droga. Y lo peor es que esa droga se vende ya en todo el mundo, en China, en Brasil, en Nigeria, en Argelia…

Los excesos económicos en los que hemos colaborado no nos han proporcionado placer ni disfrute, sólo objetos que no colman nuestros deseos, sino que crean más desasosiego y sobre todo más desagravios cuando llega la crisis y se cierra la espita liberadora del consumo. Desorientados y volubles, aplaudimos al primer llegado que agita una zanahoria con la bandera conveniente frente a nuestras narices. Seguimos al primer flautista que entona un himno, lo seguimos hacia el matadero si hace falta. Cuando nos damos cuenta sólo pensamos en que el hacha caiga sobre el vecino y nos volvemos peor que los animales.

La realidad es compleja, por eso negarse a aprender y a pensar es absurdo.

Las fronteras no permitirán comprar los teléfonos y los coches de lujo con los que soñamos. Las fronteras no mejorarán la educación de nuestros hijos, ni los asilos de nuestros mayores, ni aumentarán la calidad de los hospitales, ni defenderán mejor el medio ambiente, ni evitarán la contaminación, ni mejorarán las condiciones laborales, ni respetarán a los emigrantes, ni garantizarán la democracia, ni buscarán la igualdad, ni fomentarán la concordia, ni permitirán un sueño común. Ninguna frontera, ni económica ni política, resolverá nuestros problemas actuales, al contrario, los agravará y legitimará la violencia. Somos cobardes para reconocerlo y preferimos romper proyectos, destruir futuros, anclarnos en el pasado inventado en lugar de inventar sí, pero un futuro abierto, libre y común. Cobardes dentro de disfraces identitarios tan falsos como la máscara que nos cubre la cara. La vergüenza nos llena el semblante mientras hacemos extranjeros a nuestros amigos, a nuestros padres, a nuestros vecinos. Convertimos en cosas a las personas. Es el primer paso para legitimar lo ilegitimable. No debemos saber lo que significa ser extranjero. Hemos vivido muy cómodamente de este lado del mundo, no como los inmigrantes que fueron nuestros abuelos y todo el maldito linaje que nos precedió. España y Europa han permitido olvidar la emigración, la frontera, la alambrada, por eso ardemos en deseos de volver a colocarlas, para ocultar nuestra cobardía tras ellas.

La gran cobardía es no asumir que pertenecemos todos al mismo maldito y destructivo linaje, el único que asola el planeta.