Portada de la edición española de Puzzle. La factoría de ideas ha editado también el libro, en 2008.

“Guilford Law celebraba sus catorce años cuando el mundo se transformó. Ese día marcó el cambio más importante de la Historia, separando claramente lo que vino después de aquello que lo había precedido, pero antes de representar esa ruptura, antes de todo, fue simplemente el cumpleaños de Guilford”

La ciencia ficción tiene varias vertientes. Dos de las que más me gustan son la de aventuras y la filosófica. Una se focaliza sobre la acción, el descubrimiento de lo desconocido, la lucha contra lo ignoto en una conquista, – rara vez, pacífica -, de las fronteras de la humanidad. Me gusta porque sueña con la libertad absoluta, el individuo frente al Universo. Me gusta porque me recuerda pasados pretéritos de la Historia. Y a la vez esa proyección hacia el futuro es una manera de imaginar la  nueva historia, de escribirla antes de vivirla. Probablemente, he aquí una bella paradoja, esto influencie al propio futuro, modificándolo. O tal vez no, quien sabe. La otra vertiente es la filosófica, la que utiliza las metáforas futuristas, científicas, imaginativas, para reflexionar sobre el presente.

Las operas espaciales pueden ser una muestra del primer tipo de novela de ciencia ficción. Las distopías (1), de la segunda. Sin embargo, las mejores novelas atraviesan los géneros, los clichés y nos tocan el corazón y el cerebro. Así, la delicadeza de cristal y la poesía de Las Crónicas Marcianas, una novela de aventuras sin apenas más acción que la quietud de las ruinas de civilizaciones extintas. O siguiendo con el magnífico y lamentado Ray Bradbury, la distopia de Fahrenheit 451, donde una dictadura oprime a la humanidad gracias a la televisión, y quema los libros que contienen la decadencia y la perversión. Tal vez les recuerde algo conocido, aunque en realidad el autor pensaba en la caza de brujas del Macartismo. Mirando hacia más allá del telón de acero nos encontramos con otra distopía genial, 1984 de George Orwell, que imaginó un futuro mezcla de fascismo y estalinismo.  Un futuro terrible y sin esperanza.

Darwinia, toca muchos géneros, apunta hacia lo genial y al tiempo se hunde en el fango de la indecisión. Es un buen libro, es una buena historia que bebe de muchas fuentes, propone muchos caminos y daría sin problemas para una gran trilogía, pero se queda en un único volumen. Nos introducirnos en la aventura de la conquista de un nuevo continente aparecido de la nada en lo que fue Europa. Wilson nos sumerge en la lucha actual entre el creacionismo y la ciencia de Darwin, nos hace intuir la lucha entre el laicismo y la religión, los nuevos conflictos geopolíticos y los misterios de la ciencia cuántica y de los límites del universo. Las puertas cerradas de la materia, del espacio y el tiempo, con un toque steampunk. El campo de Higgs, la Teoría de las Cuerdas y la posibilidad de multiversos paralelos, conectables. La ciencia dura y un guiño a uno de los mejores libros de Julio Verne, Las aventuras de Héctor Servadac, donde un cometa arrastra una región del Mediterráneo fuera de la tierra. Por último, en este compendio que es Darwinia, ciertos toques del desasosiego de H. P Lovecraft, y la llegada de los demonios del fondo de un pozo que une los Universos. La sombra de Cthulu es alargada.

Tras tal cantidad de información, podríamos imaginarnos un pastiche, y no lo es. El libro es rico, nos sugiere todo eso y más, pero no termina de unirlo del todo. Sus personajes no son atractivos, no atraen, no provocan esa fe ciega que a veces recorre las páginas de la mano de esos héroes perdedores. Ni la aventura ni la filosofía que contiene el libro llegan al culmen. Se quedan en un punto satisfactorio, sólo eso. Tal vez demasiado en tan poco espacio. Con todo, la lectura se recomienda para que cada cual destaque lo que le parece mejor y piense y reflexione, porque ahí el libro nos abre muchas posibilidades.

– WILSON, Robert. Charles, Darwinia, Puzzle, 2008, 400 páginas.

(1) Si la utopía imagina un futuro perfecto, ideal, la distopia es su justo contrario, la perfección de la opresión, la tiranía cuasi absoluta, la negación de cualquier libertad individual y social.

PD: La ilustración original que puede verse en el pase de diapositivas es de Jim Burns.

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