¿Sabemos decir no?

“Toda acción es una decisión. Toda acción provoca consecuencias. Negarlo es un gran error. No asumirlo también. Con todo, la peor decisión es la de delegar las decisiones, movidos por el miedo, el temor a las consecuencias, a las pérdidas. La inacción decide que otros decidan por nosotros abriendo, de par en par, las puertas de la tiranía y la esclavitud.”

Alexander Paraskinnen Extracto de los Discursos ante el Congreso de los Mundos, Volumen I, Tomo I.

Los libros de historia engrandecen las chispas que provocan la deflagración de una Revolución. Lo importante es subterráneo, es una gigantesca estructura que el tiempo, la economía y los hombres han construido progresivamente. De repente, un falla permite que la fuerza contenida retiemble, y estalle el sistema completo bajo la presión de sus entrañas. Rara vez los cambios son totales, nunca la substitución de los modelos sociales, económicos, de las gentes que los dirigen es completa. Lo habitual es un cambio en la dirección, una substitución de clases, estamentos, países o sectores económicos, una reconversión de antiguos en nuevos. No obstante, no podemos desdeñar la importancia de los cambios revolucionarios, o contrarrevolucionarios. El simple hecho de escribir estas líneas y lanzarlas a través del mundo resume dos grandísimas revoluciones. La primera, la de la libertad de palabra, la de la extinción de las castas, la que otorga a personas de clase social baja la posibilidad de formarse y expresar sus pensamientos, extendiéndolos por el mundo. La segunda, la posibilidad de que estas baratijas lleguen hasta el último rincón del planeta. Nada garantiza, ni obliga, a que las palabras que se encadenan en frases, éstas, sean leídas necesariamente por ninguno de mis congéneres en esta roca estelar que gira por los eones galácticos. Pero ahí están, salvando la vida, al menos, de quién encadena las letras, las palabras infinitas.

La revoluciones suelen comenzar por un detalle. Por una casualidad o un despiste, por una vuelta de tuerca de menos o de más, por un exceso imperceptible o una falta ridícula. Las revoluciones de r minúsculas y las de R mayúscula, finalmente, la diferencia sólo se aprecia después, a veces mucho tiempo después, cuando los protagonistas han desaparecido.

Los tiranos tienen tanto miedo que con el tiempo se equivocan en la dosis de terror y tranquilidad con la que riegan sus dominios, esos que deben durar miles de años. Los pequeños detalles desregulan el sistema que se mantiene en pie como por arte de magia. A veces, creemos percibir entre el marasmo diario, las reglas que organizan el universo. De vez en cuando, cegados por la soberbia de un éxito fútil, podemos imaginar que conocemos las leyes maestras de la sociedad. Podemos ilusionarnos desentrañando los misterios opacos, introduciendo la luz de la razón en los entresijos del trabajo, la familia, los comportamientos sociales, e incluso, en las claves que embalan el mundo de las finanzas.

Sentirse dotado de un poder tan extremo puede ser un error más en el encadenamiento continuo de nuestros fracasos. Con todo, ejerceré mi derecho a equivocarme.

No merece explicar el caso, insípido y minúsculo. Merecen, sin embargo, las consecuencias de hechos. En medio de la Crisis que ocupa con su furia demagógica todas las discusiones de nuestro triste país, de la triste Europa, no hay espacio para las dos sílabas que encabezan este artículo. Nadie se atreva a mentar esta partícula. Pareciera que ha sido hechizada, guardada bajo llaves, introducida en la caja vacía de Pandora. Allí descansa, olvidada junto a su amiga la esperanza. De todos es conocida su existencia, pero nadie se atreve a sacarlas de allí.

Cuando la monotonía social se mezcla, en aleación irrompible, con el terror, el esperpento y el sensacionalismo, nuestra suerte se echa a temblar. Cada día necesitamos dar orden y dirección a nuestra vida, para evitar que el río que fluye como torrente nos despedace. Cedemos, concedemos, otorgamos, hipotecamos, vendemos, nos rendimos a cada instante sin pensar en que beneficios posee tal rendición. No los hay, pero seguimos rindiéndonos como por costumbre. Perdemos la vida cada día y no le vendemos cara, la rifamos. Hemos llegado a un estado en donde las dos letras de la negación se hacen imposibles. Agachamos la cabeza, señalamos con el dedo al siguiente sacrificado. Tras vendernos a la compra ilógica, al consumismo absurdo que nos ataba de pies y manos y no nos daba ninguna satisfacción, nos rendimos de nuevo a la violencia y el odio, al miedo, el terror la aceptación de lo inaceptable.

En ese contexto, cualquier acción por simple que sea y aunque carezca de importancia, causa extrañeza, estupor, envidia, respeto o sorpresa. Casi nadie se imagina rechazando un trabajo, negándose a soportar una nueva carga, un nuevo desfalco. Casi todos asumen el ritmo tal y como viene dado, sin cuestionarlo, sin vacilar si quiera ante la imposibilidad de las peticiones. Parece que nadie es capaz de salir del círculo vicioso en el que estamos inmerso. Todo parece imposible. Por eso sorprende tanto rechazar, cuestionar, discordar, discutir, criticar, negociar, oponer, desestimar, elegir, escoger, optar, decidir, y más y más verbos que han desaparecido de nuestros diccionarios. Los idiomas no funcionan sin verbos. El verbo garantiza la acción, sin el la quietud se instala. La sociedad, la democracia, no funciona sin ciudadanos. Y sin embargo, es tan fácil, es tan sencillo, aún. Sólo hay que pararse a pensar que es lo mejor para nosotros y para la sociedad. Sólo hay que analizar los pros y los contras. El SI al que estamos abonados no nos ha dado una vida mejor. Mi generación es más triste, más pobre que la de mis padres. Tenemos más y sabemos más, pero sólo es un espejismo. La riqueza en una ecuación entre el disfrute y el dolor, entre la libertad y la dependencia, entre amor y el odio. Yo no veo por ningún lado que seamos más ricos, más libres, más inteligentes…

Y si no lo entienden, piensen. Apaguen la televisión, pongan un disco o escuchen el silencio. Salgan al campo, recorran los parques, las avenidas, báñense en el mar, escuchen el arrullo de los pájaros, el rumor de las olas, el sol cayendo, incrustándose en los océanos, en los bosques, en las montañas tapizadas. Y cuando no puedan soportarlo más, comiencen a andar más rápido, más rápido, de la mano de sus hijos, abrazados a su amor, ayudando a los viejos. Empujen las sillas de ruedas, con bastones, avancen sin miedo, hasta que el ímpetu sea tal que corran como posesos. Avancen en cualquier dirección, muévanse, corran como si fuesen jóvenes, como si la muerte que nos quiere en su regazo, jamás pudiera ganar su batalla; corran como si volasen, corran hasta extenuarse, hasta que la garganta duela tanto que arda en un NO majestuoso. Sin violencia, pero con la rabia de la libertad. Después vuelvan a su vida y comiencen a pensar, a escoger, a decidir…

Mayo 2012