El interés de la reflexión crítica y personal es cada vez más evidente. Lástima que no estemos muy preparados.

Mi abuela usa esta expresión para significar lo extraordinario de un hecho o una persona, tanto en el sentido positivo como negativo. Podría utilizarse para comentar los resultados electorales de los últimos años en España, y como no, los más recientes de las elecciones gallegas y vascas: la caraba.

Circulan en Internet innumerables gráficos y explicaciones sobre dichos resultados electorales. En ellos se dice que el principal ganador de las elecciones ha sido la abstención. Se proponen además soluciones como las listas abiertas (no hay una lista jerarquizada sino una lista abierta en cada partido, donde el votante “escoge” a su diputado), la proporcionalidad absoluta (igual numero de votos para cada acta electoral). Nada se dice de la circunscripción única, es decir, eliminar la vinculación territorial de los diputados (actualmente los diputados son elegidos por provincias).

Discuerdo en muchos de esos análisis y, además, veo ocultas tras las soluciones problemas más graves que los actuales. Los resultados son un reflejo bastante fiel de lo que piensan los españoles. Se pueden matizar, pero muestran cuales son las inquietudes, o falta de ellas, de la población.

Gráfico que tendría en cuenta la abstención y no la proporcionalidad D’hondt en el resultado electoral de Galicia.

En primer lugar, el ganador de las elecciones ha sido la derecha: la derecha y la derecha nacionalista. La abstención no cuenta, porque no se puede contar. ¿Cómo valorar la opinión de quien no se expresa? La toma de decisiones se realiza entre los ciudadanos activos. Quienes no votan no existen porque no se han presentado, porque renuncian a tomar decisiones. Por mucho que sea comprensible la apatía, existen vías para expresar el descontento mejores que la inacción. Es posible votar al partido del escaño en blanco; es posible votar nulo expresando algo más que un nihilismo vacío; se puede votar al menos malo de los partidos existentes y, también es posible, crear un partido nuevo y asumir responsabilidades. Lo que no es justo es quedarse en casa y luego enfadarse porque los resultados no nos gustan. Quien no vota se desentiende de la política, por mucha justificación que pueda existir.

Sobre la reforma del sistema D’hondt, que regula la desproporcionalidad del voto y favorece mayorías otorgando más diputados a los partidos mayoritarios, ahí estoy más de acuerdo. Habría que crear una circunscripción única en cada elección y una mayor proporcionalidad entre número de votos y diputados. En lo que se refiere a lo primero, la mayoría de la población está en contra. Casi nadie, no digamos los nacionalistas, lo aceptarían. El “sentido común” dice que para defender los intereses de Albacete, el diputado debe ser albaceteño. Yo creo que mis intereses son económicos, políticos, sociales y que para defenderlos necesito a alguien que los comparta. Su lugar de nacimiento, orientación sexual, color del pelo, si es hombre o mujer, negro o blanco y sus creencias en el más allá, me importan un bledo. Pero soy muy raro, ya lo sé.

Con todo, tiene que existir una cierta desproporcionalidad, ya que la proporcionalidad absoluta, la más justa -que quede claro-, se ha demostrado inviable en los países donde se aplicó. El sistema electoral italiano hasta los años 90 poseía una multiplicidad tal de partidos que, entre otras cosas, hacía imposible mayorías estables y los gobiernos con capacidad para ejercer el poder de forma durable. Las elecciones europeas en España son las más justas desde el punto de vista democrático, con circunscripción única y gran proporcionalidad, lo que permitió a “partidos” populistas y personalistas como el de Ruiz Mateos ser europarlamentario. El poder ejecutivo se basa en la mayoría, y la falta de un consenso mayoritario puede ser el principal problema de la política española. Esa es una de las explicaciones de la ponderación del voto, con sus efectos negativos y positivos.

Forges, otra mente certera en una de sus viñetas de El País.

El 35% de la población se ha abstenido, -una cifra escalofriante, más del 20% es una barbaridad-, esto es un hecho. Suponer que todos los que los motivos han sido los mismos y extrapolar que forman un “partido” me parece falso y capcioso. Y vuelvo al principio, quién no vota voluntariamente, no puede al día siguiente poner el grito en el cielo. En mí opinión minoritaria, claro está. Aquí reside el germen de un problema, cada vez más serio, el ascenso de ideas antidemocráticas y populistas. El recelo merecido de la mala política se traslada con rapidez a La Política en su totalidad, al sistema. Uno de los resultados de las pasadas elecciones es el aumento del poder de los partidos que hacen de la identidad su principal bandera electoral. Partidos regionales con intenciones nacionales, partidos nacionales tradicionales. Los resultados son tan nefastos en el País Vasco como en Galicia. Pensar que los nacionalistas regionales son mejores que los tradicionales es caer en la trampa del escapismo. Los partidos con ideologías más internacionalistas, los más europeistas, los menos vinculados al territorio o al fantasma populista no reciben apoyo. ¿Dónde está el socialismo, el comunismo, el ecologismo? La respuesta son el identitarismo y la reafirmación de símbolos huecos. El miedo al otro, sólo que está vez el otro es el vecino, somos nosotros mismos, los de siempre. Más humo aún.

Y desde la abstención se reclaman listas abiertas, la caja de Pandora del populismo que ha hecho a la democracia norteamericana tan adicta al capitalismo y al espectáculo, y a las nuevas democracias latinoamericanas tan sumisas al marketing electoral y a los eslóganes milagrosos. El problema no está ahí. Las listas abiertas no solucionarían, más al contrario desharían el sistema partidista, que siempre es mejor que el arribismo y el personalismo financiado por los lobbies. El problema somos nosotros, nosotros votamos o no votamos, nosotros hemos acompañado el desastre económico de los últimos 20 años, nosotros hemos alzado al poder a los políticos, empresarios y famosos que ahora denostamos, nosotros somos ellos. Somos nosotros pues, los que tenemos que cambiar. Cambiar no es refugiarse ni en el nacionalismo decimonónico, ni en el consumismo desaforado que ya no podemos colmar; cambiar no es hacerse xenófobo o integrista religioso, cambiar es analizar las causas de la crisis económica y política, castigar a los culpables, arrancar sus raíces para que no repita y comenzar a trabajar en modelo distinto, más sostenible y más justo. Tenemos instrumentos, y uno de ellos es la democracia. Y la democracia funciona con mayorías, y por ahora, no nos engañemos, no somos mayoría, por mucha abstención que arrastremos a nuestro morral.

Octubre 2012