Fútbol y nacionalismo. Cóctel ideal para el fanatismo.

Es imposible evitarlo, sea cual sea el motivo, sea cual sea la temática, venga de donde venga la información, la cosa, la tiñe, la sumerge, la hace suya. La economía se desmorona, la gente comienza a soñar con caudillos y profetas, pero seguimos discutiendo sobre el sexo de los ángeles. Parecía que el fin de ETA, supondría el final de los terrorismos que asolaron España durante décadas, abriendo el debate a la política pública que tanto se necesita. Pero ya se ha olvidado el tiempo de las bombas, de los tiros en la nuca y de los escoltas arrodillándose para ver si los asesinos habían colocado una bomba en los bajos de los coches. Como nuevos ricos que somos, despilfarramos la calma, la paz tanto como los recursos. En este país al que unos nombran como si su nombre fuese un dogma, y al que otros no se atreven a pronunciar como si de esta forma desapareciese, en este maldito país que queramos o no es el que tenemos, se sigue perdiendo el tiempo con discusiones vanas e inútiles.

Esta vez se ha unido el fútbol con los nacionalismos, completando un cuadro penoso que reúne a lo más granado de la ausencia de inteligencia patria. Un jugador de la selección de fútbol, ha dicho, es decir no ha dicho el Nombre (1). Basta un desliz de un tímido ciudadano, por incompetencia, por falta de costumbre o por descuido, basta mentar o no la palabra, el nombre, ‘la cosa’, para que se desate la tormenta mediática. El huracán que llena de polvo e inmundicia bocas, oídos, ojos, no deja ver lo que ocurre a un palmo de nuestra nariz. No hay forma de reconducir el debate, unos se encargan de agitarlo y los otros saltan a la mínima oportunidad.

No diré nada sobre el desliz o no desliz, no es importante. Cada cual es libre de dar su opinión sobre cualquier tema, siempre y cuando respete las leyes y el sentido común. Un jugador de fútbol no es un orador, y este señor, además, no ha dicho nada reprensible. Simplemente no fue capaz de expresarse correctamente. Omitió el nombre España, sólo eso.

España, evidentemente, es una cosa, como lo son las otras entidades igualmente imaginadas pero aún imaginarias que aspiran a sucederla. España es una cosa muy complicada, muy extraña, que fuera de ella nadie comprende y dentro, pues, pues… Decir esto no es nada extraño, es sólo atenerse a la realidad. Es un país, -es decir, un territorio que comparte una organización política (una legislación y un Estado) y una población que vive en él-, complejo por su modelo estatal, por su estructura y su historia. Extraño por sus relaciones económicas; por el comportamiento de sus élites y sus trabajadores; por los restos incandescentes del influjo opresivo de la religión católica, de los grandes propietarios venidos del medievo y de una burguesía reaccionaria, torpe y estúpida; por componerse de una población orgullosa, amante del lujo, defensora de imágenes y fachadas, cobarde y traidora, pero muy pía y bien vestida. Ese es nuestro país. Creo por tanto que llamarlo ‘cosa’ es quedar muy bien. Mi definición es mucho más cruda, y no deja de acercarse a la realidad. Dicho esto, el resto de países comparten buena parte de los problemas ya que, compuestos de humanos, sólo costumbres y normas más sólidas y más solidarias pueden retener al lobo que somos para nuestros hermanos de especie.

Los estadios deberían vaciarse de vez en cuando. Y llenarse las bibliotecas y los parques.

Dudo mucho que el jugador, pretexto del tifón mediático, pensase en algo de esto, no obstante me parece muy representativo el revuelo provocado. Lo que sigue no se refiere a él, quién por lo que pude oir estaba muy contento de jugar con la Selección, la nombrase o no. Lo que sigue es una interpretación del hecho, que me va a servir para analizar ciertos problemas semánticos que pueden, si no arreglar, al menos hacernos comprender el porqué de ‘la cosa’. Todo lo ocurrido sirve para constatar el poder de las palabras. No sé si hay una cuestión animista, un reflejo arcano de nuestros atávicos recuerdos de la edad de piedra. Tal vez sea un resto de la herencia común que compartimos con nuestros primos Nearthentales. Ven, la maldad del homo sapiens a le echa la culpa de nuestros errores al 2% de material genético que viene de esa otra especie homínida, a la que probablemente ayudamos a extinguirse.

El caso es que la palabra España parece tener poder. Para unos resume en gritos de inepto todo su ser, cuando tras una victoria deportiva se corea como letanía el: “soy español, español, español…”. Se llenan la boca con berridos guturales, pero son incapaces de definir nada, de explicar ni de comprender. Para ellos sí que España es una cosa, que se define con el nombre que la nombra. No son capaces de ir más allá. En cambio, arrastrarían por el fango a quién se atreva a criticar su ideología, la cual como hemos visto es sólida y abundante. Son la masa, los siervos de la tiranía que oprimió al país durante casi 40 años, el reflejo de un nacionalismo que se piensa, se cree grande, en contraposición al pequeño que desde las regiones le combate con las mismas estulticias. Sus miembros no están organizados como en provincia, pero la crisis les hace más valientes, más brutales, más simples. Han visto que desde la Transición, agitar banderas renta, política y económicamente.

La herencia del Franquismo lastró ese nacionalismo español de cruzada y de cristiano viejo, pero la Transición no propuso una ideología ciudadana, ni unos símbolos nuevos para que el país gozase del consenso necesario para discutir de lo importante. El Franquismo había borrado la neutralidad de la palabra España, los republicanos, los de verdad, murieron en el exilio sin poder recuperar el buen nombre del país, y durante la Transición todo era negociable, porque el consenso sobre el que se apoyaba era débil, frágil, inestable. Los partidos nacionalistas periféricos impusieron su bagaje cultural, sus símbolos y sus banderas en sus regiones, y al final las Comunidades Autónomas crearon 17 historias, 17 banderas, 17 presidentes. El Estado no se descentralizó para acercar la gestión sino para repartir el poder. Y la gente, los ciudadanos, prefirieron su cota de fachada de nueva historia, idioma y folklore a la eficacia, el progreso, el reparto. Unas danzas y el fútil sueño de ser mejores que los vecinos fue suficiente. Mientras todo el país consumía a crédito, basado en la fortaleza del euro, todo iba de maravilla. España iba bien, subvencionando al sector privado que hábilmente manejaba a los políticos. Las taifas creaban Estados paralelos, embajadas en el exterior, gastaban millones en festines y neofestividades. Pero llegó la crisis y se acabaron los cheques en blanco para esa locura, lo que hace aflorar otra. Hoy hay gente que se atraganta coreando el nombre como imbéciles y otra que no osa pronunciar el nombre. ‘La cosa’. Para estos últimos la directriz es el silencio. Callados, imaginan que con no nombrar al país hacen que desaparezca, de la realidad, del mapa, permitiéndoles substituir una cosa por otra, una nueva donde ellos sean los nuevos portavoces de la verdad.

Imagen de la FONGDCAM. Nadie oye hablar de ciudadanía, sólo de identidad hueca y gritona.

La izquierda no está exenta de culpa. ¿Cuántos años utilizando erróneamente el pseudónimo Estado para hablar de España? El Estado español posee empresas públicas y es la policía, Correos, los ministerios, las CC.AA, pero no hay equipos de fútbol estatales, ni hay una tasa estatal de consumo de alcohol, de nivel de educación, de cáncer… a no ser que hablemos de los funcionarios. Además a fuerza de asociar la palabra España al franquismo, los tardotardofranquistas quieren quedársela y a muchos ciudadanos españoles les provoca urticaria sin saber muy bien porqué. La izquierda se ha equivocado al pensar que la semántica es la marca de la clase social. Se abandonó el nombre a la derecha más reaccionaria; se denostó al Estado que es un instrumento, en mitad de un desvarío anarquista; se olvidó el Usted porque el tú era más cercano y se cedió igualmente ante los nacionalismos periféricos ¡pensando que eran de izquierdas! Error tras error, cesión tras cesión sin ninguna ganancia social.

Que España sea una ‘cosa’, no me parece un problema. Que no sepamos definirla, que plantee dudas, es normal. Pero todo se podría resolverse discutiendo, buscando un objetivo común que haga al concepto país, sinónimo de ciudadanía. Hay que construir la identidad mezclando, el obligatorio orgullo de individuo único, con la necesidad de organización social lo más global y justa posible. Debería separarse la identidad, de la lengua, del territorio, de la religión, y acercarla a la ley y al Estado. Un Estado ejemplar por el trato que garantiza a sus ciudadanos y a los extranjeros que viven en ella. Un país respetable por los derechos que salvaguarda, por los servicios que ofrece en educación, salud, desarrollo económico lógico y ecológico, un país que aspire a difuminarse en Europa sin perder de vista África, América y Asia; que recobre el sentido original de la palabra país, es decir región, comarca, que se convierta en lo que es, región del mundo. Esas temáticas son lo importante de la cosa, la res publica, la cosa publica. Quién sabe, finalmente, nuestro jugador puede haber sido el primer filósofo del país, de la cosa, de España.

Seamos sinceros, nacionalistas reales, intelectuales, hay muy pocos, un puñado por interés, -es un opio popular- un puñado por fanatismo. El resto es un plasma potencial que puede aglomerarse en torno a una cosa abierta, discutible, común y con un objetivo social, o a esas cosas mucho más perniciosas que los países: las naciones. El peligro acecha por ambos extremos, los que quieren una España totalitaria y los que quieren pequeñas Españas igualmente totalitarias, ambos con naciones esenciales que nos amenazan. Y las naciones no soportan que las definan fuera de sus cánones, ni que las discutan o que las llamen ‘cosa’.

Noviembre 2012.

Notas
(1) El día 12 de noviembre de 2012, durante una conferencia de prensa previa a un partido de la selección española de fútbol, Markel Susaeta, miembro de la misma y jugador del Athletic de Bilbao, utiliza el termino cosa para designar a España. Un hecho banal, pero de interesante explicación, exagerado por nacionalistas radicales anti y pro españoles, todos ellos ciudadanos del mismo país, de la misma cosa.