La victoria se celebra siempre, a cada instante, porque es escasa, porque es preciosa, porque no somos eternos. Porque la victoria de hoy es un signo que nos reconforta, que nos demuestra que la victoria de mañana podría ser posible. La victoria se celebra porque quien sabe si será la última.

Alexander Paraskinnen.

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El brasero es una hoguera casera, o el caso universal.

Cae la noche. Se enciende la chimenea. De la gran montaña comienzan a descender las brumas, como ejércitos sin general, deslavazados y anárquicos, pero tantos, tantos que tarde o temprano llegarán a las faldas verdes donde los robles me protegen. Los robles, y las hayas y los cerezos sin hojas, y el gran kaki cargado de las naranjas redondas de Hespérides.

Cuando llega el ejercito de la melancolía y de las casas comienzan a ascender las fumarolas silenciosas suele empezar el tiempo de la melancolía. Es momento tierno, en donde rememoramos lo que no tenemos y no apreciamos lo que nos acuna. Podría temer al futuro incierto, podría imaginar distopías donde la maldad triunfa y los terrores del pasado se alzan con sus estandartes temibles. Podría imaginar hogueras donde arden los grandes y los justos acodado en la hoguera que me alumbra y me calienta. Tenía el discurso preparado, con los hechos de quienes usan supuestos hechos para distinguirse de los demás, para erguirse como pueblo por encima del único Pueblo, ese llamado Humanidad, ese que se autodestruye a cada paso vacilante que da. Ese Pueblo que intenta pero no consigue, que avanza pero que recula al paso que titubea, y cae de bruces para levantarse más obstinado e imbécil. Podría. Más no quiero.

Hoy celebraré la calma tierna del día difuso, del día inconexo, del tiempo que se desparrama como el mercurio, reteniéndose en su propio volumen y en su propia masa, reacio a mezclarse. Ese tiempo que dominamos porque es tranquilo y alargado. Ese tiempo del que no disfrutaron generaciones enteras de gentes que huían, se escondían, luchaban por sobrevivir. Celebro el privilegio de poder celebrar algo.

Disfrutaré de cada segundo de calma, porque la tormenta llegará. Disfrutaré de los momentos que me queden como si cada uno fuera el último. Y para ello mezclaré la rabia de no ser inmortal con la certeza de serlo mientra viva. Sin mucho ton ni son, arrastro las líneas y lo hago sólo y únicamente para mí. Por mucho que las airee a los cuatro vientos, que las estrelle contra los muros cibernéticos que todo lo hacen público y a la vez banal. Me crean o no, me da igual.

Anuncio los placeres de una tarde invernal en mitad de un mundo de dolor y desesperación. Y la adorno con la música que me lleva, que me eleva y me zarandea. Y el mundo gira, más rápido porque tecleo, un mundo donde aún crece la esperanza. Crece en campos baldíos y contaminados, crece entre los miserables y los locos, crece por los páramos y los desiertos, en mitad de los bidonvilles, más abajo de los palacios y por encima de las murallas. Es increíble pero la esperanza se enroca en contra de toda previsión. Y se reproduce como la hierba mala. Como la enfermedad, como la violencia, como el terror, como el hambre, como el odio, como la tiranía, la ignorancia y la opresión. Los budistas verán la eterna dicotomía. Los cristianos el libre albedrío y los dialécticos, los hegelianos verán el debate que acabará en la síntesis perfecta. Yo no veo nada, sólo me obnubilo ante la correosa, ante la férrea determinación por crear y destruir del genero humano.

De la montaña se recortan los fantasmas que parcen armarse para descenderla.

De la montaña se recortan los fantasmas que parcen armarse para descenderla.

Hoy desde mi torre de marfil, cerrada por las llaves, oculta en el valle perdido, casi al fondo del cul-de-sac, al pie de la montaña inmensa que sólo es un montón de piedras y abigarrados bosques, hoy que ya es casi mañana contemplo, observo, pienso y me arremolino en el sofá, alentado por las llamas crepitantes, por los rescoldos de lo que fueron troncos, de árboles orgullosos que vivieron tranquilos. Los ejércitos de la montaña, son temibles, son transparentes, son fantasmas, ya están a las puertas, ya asoman por las ventanas. Pero hoy serán vencidos.

Recuerdo el sol que ya se apagó, recuerdo el calor diurno del invierno seco, el reflejo de la boina blanca de la cumbre de la montaña. Recuerdo que hace poco estaba desnudo frente al sol. Los fantasmas estaban en lo alto, revoltosos, visibles apenas en los bordes más altos donde el viento agitado en blizzard, desesperaba por ser invierno e invadirnos. Y yo me reía sudoroso, como si fuera indomable. Ahora están ahí, del otro lado junto al cristal fino, última barrera. Hoy son fantasmas, hoy no son más que el lado oscuro de mi imaginación. Hoy son flojos temores a los que me enfrento envalentonado. Hoy no tengo miedo. Me burlo y los desafío al calor de las brasas, protegidos por algodones y un coñac dorado. No vencerán está vez. ¡Qué dure mucho la valentía!

El gato hace rato que ronca, no se entera de nada. Parece mucho más feliz que yo, que cualquiera. Su cuerpecito se infla con cada respiración y su pelaje de invierno se abre dejando entrar el aire caliente de la chimenea. Los rescoldos chisporrotean mientras él sueña con ratoncitos desgraciados y con mimos exagerados.