Mali, en el centro de África occidental, cruce de caminos y tensiones.

Mali, en el centro de África occidental, cruce de caminos y tensiones.

“Les racistes sont des gens qui se trompent de colère.”
“Los racistas son personas que se equivocan de cólera.”

Léopold Sédar Senghor.

Introducción.

La prensa, la información escrita, la televisión e Internet funcionan por modas, como casi todo el mundo. Es cierto que las noticias rotundas, enmarcadas en sintonías de thriller captan nuestra atención rápidamente. Sin embargo, el bombardeo recurrente de informaciones sumamente profusas pero planas, numerosas, pero similares y sin explicación, acaban por hastiar al lector o al televidente. Ante ese hastío que reduce el interés y la audiencia, la mayoría de los medios buscan otros lugares, otras historias para vender, por cierto, sin ningún análisis histórico, sociológico.

En estos días Malí está en el tintero, un país de África Occidental muy poco conocido en el mundo hispánico. Tan poco como otros países cuyos conflictos se han perdido en la memoria: Biafra en Nigeria, Liberia, Sierra Leona, Costa de Marfil… Por suerte, el caso de Malí no es tan grave ni mortífero como la mayoría de los anteriores. No obstante, ha causado ya demasiada muerte y demasiada injusticia. Es muy interesante porque resume, o mejor, contiene, rastros, rasgos de los problemas económicos, sociales y políticos de África y también las grandes líneas geopolíticas de nuestro tiempo.

La reciente intervención del ejercito francés en Malí ha puesto a este país africano en boca de mucha gente que antes lo ignoraba. Antes, las únicas referencias a esta región eran las llegaban desde el fútbol, la inmigración o las de los documentales del Sahel y las mitificadas ciudades de Tombuctú y Gao. Rápidamente ha llegado la información, pero como siempre sin análisis, sin continuidad y sin reflexión. Se han agitado algunos fantasmas y mezclado muchas ideas que no son necesariamente justas. No importa, pronto otro lugar, otra temática la substituirá. Antes de que eso ocurra, intentaremos despejar el panorama para entenderlo mejor.

En primer lugar querríamos dejar claro desde el principio, que no pensamos que las causas “étnicas”, religiosas o raciales expliquen nada. Pensamos que esas causas son velos, fallas interesadas, líneas de ruptura, de división y reagrupamiento que ocultan la realidad económica o política del problema. Avanzamos ya desde el principio que, tanto las causas de los problemas, como las soluciones tienen que ver con la propiedad y reparto de la riqueza, los recursos, los derechos y el poder.

Grandes líneas geopolíticas que convergen en África.

La geopolítica estudia la vinculación entre la geografía, los recursos económicos y la política internacional. Analiza cómo las relaciones internacionales se organizan en torno a las necesidades económicas. Durante años África occidental ha estado bastante lejos de los epicentros económicos y políticos, y ello debido a varios factores que explicaremos después. Sin embargo, la modificación del statu quo postcolonial; el fin de la guerra fría; los problemas internos de los países del Sahel y el Golfo de Guinea; la irrupción de los movimientos islamistas, el terrorismo y el narcotráfico, han cambiado la relaciones de poder y alterado las alianzas. A ello se une la secular falta de organización estatal completa y social, junto a la pervivencia de problemas alimentarios y económicos, la pobreza y la violencia social.

Tuaregs del norte de Mali. Foto de Picturec

Tuaregs del norte de Mali. Foto de Picturec

Sólo una visión global puede permitirnos comprender todos los factores, incluyendo los locales, que al final desatan los problemas. En el caso de África, la tendencia es analizarlos como causa-efecto de atávicas venganzas, como trazos del atraso de gentes inferiores, como el resultado fácilmente comprensible de elementos locales, que fácilmente pueden resolverse con recetas estandarizadas que no tienen en cuenta las responsabilidades de todos los actores.

El final de la guerra fría y la descomposición política, pero también ideológica del Imperio soviético, supone el punto de partida del aparente caos actual. África antes de 1989 estaba organizada dentro de la geopolítica de bloques, donde EEUU y la URSS se repartían el mundo en áreas de influencia más o menos claras, y en zonas de conflicto, también más o menos precisas. La región del África occidental estaba más o menos al cuidado de Francia. La diplomacia francesa se había opuesto en muchas ocasiones al imperialismo norteamericano, lo cual no significaba que cambiara de bloque. Su línea independiente (Gaulismo, política nuclear, apuesta europea), no eran incompatibles con una política postcolonial opaca y fundamentada en la defensa de los intereses económicos de sus multinacionales y empresas públicas. Dependiendo del país, su política podía ser de firme apoyo democrático, como en el Senegal de Senghor, o de claro “interés geopolítico” en el Gabón de Bongo o el Marruecos de Hasan II. La confluencia entre los dictadores africanos y la financiación de los partidos políticos franceses (excepto el comunista), junto a los intereses de las multinacionales, el affaire FrancAfrique, ha sido una realidad durante décadas. Esa preponderancia y la nitidez del reparto, a pesar de los conflictos y la pelea de peones (financiados por la CIA, los servicios secretos británicos o franceses, la URSS o Cuba) que de vez en cuando agitaban los noticiarios, terminaba progresivamente a partir de 1991. La aparición de nuevos actores geoeconómicos como China sobre todo, India, Sudáfrica y Brasil en menor medida, y el surgimiento de conflictos económicos ocultos tras el etnicismo agitaron el continente.

En septiembre de 2001 la hidra del terrorismo religioso, alimentada por la propia guerra fría, atacaba a su amo en Nueva York. La guerra subsiguiente en Afganistán, la invasión de Irak, las tensiones con Irán y el nunca resuelto conflicto israelopalestino, abonaban con fanatismo la triste realidad social de buena parte del Oriente próximo. Así, al tiempo en que se preconizaba el fin de la historia y las ideologías socialistas entraban en decadencia, – mostrando las miserias de los regimenes que habían hecho de ellas un estandarte -, se situaba al consumo y el crecimiento económico como esencia y finalidades sociales. Sin embargo, no se proporcionaban los medios para consumir, ni a nivel económico ni político. Los efectos devastadores de la veloz circulación de la información gracias a la televisión y la publicidad han causado, y causan, un profundo desasosiego entre las personas que difícilmente pueden soñar con lograr rozar las mieles del consumo. Si China se sostiene es porque, en cierta medida, la relación trabajo, éxito económico y consumo se ha conseguido, al menos parcialmente. La deslocalización de la producción china a otros países con menores costes laborales y los efectos nefastos de una industria contaminante de nulo respeto a sus trabajadores, pueden provocar mucha inestabilidad en el modelo de capitalismo comunista.

La imposibilidad de la mejora social y el consumo, es uno de los factores que ayudado a la radicalización de las poblaciones de Oriente Medio tras el fin del Bloque Comunista. La religión fue un arma en manos de los Estados Unidos contra los soviéticos. Tras la victoria, los EE.UU. no se preocuparon por mejorar la situación económica de la región, ni por resolver el conflicto intestino árabe israelí. Sin solución económica, sin verdaderas democracias, sin esperanza, miles de personas han sucumbido ante el fanatismo religioso. Y siguen sucumbiendo, pues no existe una política coherente de ninguna de las potencias, y las acciones tanto en Libia, en Siria o en Palestina, no van por el buen camino. No se fomenta una democracia y un desarrollo económico sostenible. Las primaveras árabes han favorecido sobre todo a los movimientos islamistas, que aunque moderados, introducen nuevas dosis de teocracia en países que necesitan separar Estado y religión. Pero, ¿qué se puede decir cuando los EE.UU. son incapaces de alejar el espectro divino de la acción política?, ¿cuando los gobiernos israelíes dependen de sus aliados ortodoxos?, ¿cuando Rusia recrea el zarismo en la unión de la patria y la religión?, o incluso ¿cuando en Europa occidental los movimientos vaticanistas cobran poder e intentar definir la moral y la legalidad en España, Polonia, Italia o incluso en la laica Francia?

Es la suma de todos estos factores, añadidos a los problemas locales, la que ha provocado la inestabilidad, la revuelta y el conflicto en la zona del Sahel y el resto de África Occidental.

Malí, varios problemas geopolíticos en uno.

Mapa que muestra varios factors de inestabilidad, así como las rutas del narcotráfico y de los yihadistas. Fuente Europa Ecologie (http://transnationale.eelv.fr)

Mapa que muestra varios factors de inestabilidad, así como las rutas del narcotráfico y de los yihadistas. Fuente Europa Ecologie (http://transnationale.eelv.fr)

En el caso de Malí, observamos la superposición de todos los elementos antes citados. La intervención del ejercito francés comienza el 11 de enero, tras meses de indecisión europea y norteamericana. Se trata del colofón de varios años de desagregación del poder político, de conflictos sociales y de la presencia cada vez más fuerte de grupos terroristas islamistas. La inestabilidad de Malí se debe a múltiples factores que se retroalimentan y llevan a la situación de 2012: las disensiones políticas internas, la influencia del ejercito en la política maliense; la tensión social motivada por la pobreza; el menosprecio hacia las poblaciones tuaregs del norte de Malí; el olvido más profundo, si cabe, por parte del Estado de las regiones desérticas del extremo norte y la zona del Sahel; y la corrupción generalizada.

En mitad de este caos, la coyuntura internacional antes mencionada hace factible la intrusión de grupos yihadistas venidos desde el Sáhara, de otros países, de otros conflictos como en Níger, Chad, Sudán o Argelia, Afganistán, Libia, Irak… A ello se une, se superpone a veces, la influencia de los cárteles de la droga, colombianos en su mayoría que han encontrado una nueva ruta para el tráfico de drogas, salvando la barrera de Canarias, la travesía del desierto del Sáhara hasta Argelia. La cooptación por parte de los cárteles, de funcionarios y militares del gobierno de Malí y de los rebeldes tuaregs añade pólvora y desconcierto al panorama. Un tercer factor internacional es la migración constante de poblaciones en la zona del Sahel y los conflictos entre diversos países y dentro de los mismos. La crisis y la guerra civil de Costa de Marfil entre 2007 y 2011, que incluía un conflicto latente con los emigrantes de Burkina Faso, es una muestra, ya olvidada.

Desentrañando los lazos.

Malí se encuentra en un cruce de rutas antiguas y modernas. Las ciudades de Gao y Tombuctú, son asentamientos milenarios de los míticos imperios africanos, enriquecidas por el contacto y el intercambio entre el Mediterráneo y el golfo de Guinea. Las rutas caravaneras transportaban sal, especias, oro, plata, cobre, aceites y se reunían en el Sahel, donde el río Níger alimenta una agricultura en los límites del desierto. Cruce de caminos, punto de partida de las caravanas que cruzarían el Sáhara hasta Marruecos, la costa argelina y el actual Túnez. Lugar estratégico, el centro de lo que hoy es Malí fue el núcleo de varios reinos o protoestados, uno de ellos llamado Imperio de Malí, cuyo nombre sería escogido por los intelectuales de la independencia, como Modibo Keita.

Si el centro de Malí es una región de unión, un nexo, también es un límite. El Sahel es la zona ecoclimática que separa el desierto del Sahara de las regiones húmedas y antiguamente selváticas del golfo de Guinea y África Central. Es una zona de sabana, que marca el límite del desierto desde el norte de Senegal hasta el norte de Eritrea. Atraviesa durante 5400 Km África de este a oeste a través de Senegal, Mauritania, Malí, Burkina Faso, Nigel, Chad, Nigeria, Sudán y Eritrea. Se trata una zona muy sensible a las sequías, ya que su dependencia es casi total de la estación de lluvias, excepto en las cuencas de los ríos como el Níger, el Senegal o el Nilo. La agricultura es posible y productiva en la cuenca del Níger, pero predomina el pastoreo. El Sahel marcó la zona de contacto entre las poblaciones subsaharianas, de piel negra y economía agraria y las poblaciones trashumantes y nómadas del desierto, de piel blanca. Y hablamos del color de la piel ya que, a pesar de su gran relativismo (¿qué es negro o qué es blanco?), o precisamente por él, ha sido utilizado como elemento de diferenciación y de xenofobia entre el norte y el sur de Malí. Después, el Sahel fue vía de entrada y límite de poder y de religión. El Islam acabó siendo la religión hegemónica pero con importantes aportes animistas y variantes locales, lejos de la homogeneidad ortodoxa que sólo existe en la mente de las jerarquías eclesiásticas.

El establecimiento de rutas marítimas por los europeos desvió buena parte del comercio sahariano desde el siglo XV, provocando la decadencia de las ciudades comerciales del Sahel. La trata de esclavos, coordinada por esclavistas del golfo de Guinea, supuso una sangría literal de población, que limitó el potencial económico de toda la región durante 300 años. Cuando la esclavitud parecía terminar, a partir de la segunda mitad del XIX, comienza la Colonización.

La era del Imperialismo.

El historiador Eric Hobsbawn denominó de esta manera el periodo que va de 1875 hasta 1914. Es la época de la ocupación, por parte de los Imperios coloniales europeos, de la práctica totalidad de África. Tras avanzar desde la costa, británicos, franceses, portugueses, y más tarde alemanes, italianos y españoles ocupan casi toda África. La industria europea necesitaba materias primas y mercados, y África representaba los sueños imperiales de las cancillerías tras las matanzas de las Guerras Napoleónicas y las primeras agitaciones sociales y obreras. En lo que nos compete, Francia será la potencia colonial.

Mapa del proyecto francés de 1957 para crear un territorio sahariano dependiente de Francia. El proyecto que protegía las instalaciones nucleares del desierto argelino, fue abandonado rápidamente.

Mapa del proyecto francés de 1957 para crear un territorio sahariano dependiente de Francia. El proyecto que protegía las instalaciones nucleares del desierto argelino, fue abandonado rápidamente.

Avanzando desde Senegal, Costa de Marfil y Argelia, el África Occidental francesa confluye en Malí, llamado en esa época Sudán francés. De ahí, la conquista continua después hacia Níger y Chad con la vana esperanza de realizar el sueño del “imperio continuo” hasta el Indico en Djibuti, un sueño que se detendría en Fachoda ante el general británico Kitchener. Mientras los europeos de dedicaban a guerrear por el honor y la gloria de sus banderas, y por los beneficios para su economía, la estructura social y económica no cambiaba demasiado en la mayor parte de África.

En África occidental, sólo las regiones útiles para la minería o la agricultura eran colonizadas intensamente en busca de procelosos intereses. Para ello, se construyeron líneas férreas unienco las zonas de producción de las materias primas y el puerto de exportación, como la que se construiría entre 1904 y 1924 de Dakar a Bamako, a día de hoy la única línea ferroviaria del país. Lo mismo ocurriría con las carreteas y las infraestructuras. Así, pocas son las carreteras asfaltadas convenientemente, especialmente hacia y en el norte del país. Una vez estabilizado el control del Sáhara tras las IGM, la burocracia colonial intentó extraer el máximo beneficio con el menor coste. Por ello, se mantuvo en la medida de lo posible la estructura social preexistente, donde la familia, los linajes y las redes de relaciones ordenaban los intercambios económicos, sociales y religiosos. En la práctica esto supuso que no se intentó cambiar las relaciones de poder persistentes sino aprovecharse de ellas. Así, los conflictos de intereses entre agricultores, pastores y nómadas no fueron resueltos sino organizados. La administración colonial se aprovechó de los conflictos económicos y provocó fracturas “étnicos”, para impedir la resistencia local y aligerar el peso del Estado colonial.

Una de las causas de la guerra civil ruandesa, en la antigua colonia belga, fue la asimilación de una parte de la población, los “tutsis”, como élite colonial, con cierto acceso al poder, la educación y los privilegios. Los tutsis eran un grupo minoritario y ganadero. Este tipo de elección, que reposa en el aprovechamiento de las fallas sociales y la optimización de los siempre escasos recursos coloniales, fue muy eficaz para las administraciones europeas, pero lastró el futuro de estos países al inventar o fomentar odios ancestrales.

La creación de etnias, razas distintas, se enmarcaba bien en el final del siglo XIX donde este tipo de ideologías se consideraban razonables. Además, rasgos como el color de la piel, el idioma, o el sector económico parecían dar razón a tales preceptos, surgidos de un siglo, el XIX, origen y fundamento del nacionalismo tan ansiado en Europa y que se reproducía, se creaba también en África. El resultado fue el aumento de la segmentación social y el refuerzo de unos grupos en perjuicio de otros. Esta tendencia iniciada durante la colonia se reforzará tras las independencias. En Malí, durante la época colonial, sólo una parte del territorio y de la población, la cuenca alta del río Níger, el sur del país, tendrá acceso a la formación, -en la metrópoli- y a la administración colonial. Buena parte de los líderes de la independencia serán diputados, secretarios de Estado y ministros de los gobiernos de la IV República francesa. El crisol francés será eficaz para esta élite negra que se educará en París y desarrollará el concepto de panafricanismo, junto a otras élites británicas sobre todo, pero dejará de lado a las poblaciones nómadas del Sahel y el Sahara. Así Léopold Sédar Senghor, Sékou Touré, Modibo Keita, primer presidente de Malí y Kwame Nkrumah, entre otros, desarrollarán la idea de unidad africana. Una unidad que, como en el caso de la América Latina de Bolivar, no durará mucho. Mientras, tanto en Malí como en Níger o Argelia, la población del Sahel, los tuaregs, es marginalizada, carece de la presencia colonial y, dado el escaso interés económico, permanece totalmente al margen de los cambios que se van produciendo. Cuando entre 1958 y 1960 se produce la independencia, todo el norte del país está ausente del debate, ausente de la propia idea de país.

La Federación de Malí.

Sello de la Federación de Mali 1959-60.

Sello de la Federación de Mali 1959-60.

Hoy, salvo las referencias filatélicas que se pueden encontrar en los primeros sellos de Senegal o Malí, pocos conocen que existió una federación en parte de la antigua África occidental francesa. Pero dicha federación existió bel et bien, entre 1959 y 1960, en principio aprobada por Senegal, Malí (Soudan), Benin (Dahomey) y Burkina Faso (Alto Volta). La descolonización francesa fue pacífica, y dirigida precisamente por las élites formadas en Francia. El gobierno francés deseaba crear una especie de Commonwealth confederal; sin embargo, presionó a Dahomey para que no entrase en la Federación, mostrando la política titubeante y los distintos intereses que la movían. El presidente de Costa de Marfil, también antiguo ministro francés, Félix Houphouët-Boigny, se opondrá a la hegemonía senegalesa y presionará a su vecino del Alto Volta. Así la Federación entre Malí y Senegal nacía muerta y, al año siguiente, las disensiones entre Senghor y Modibo Keita echan abajo el proyecto. El Sudán francés toma el nombre de un antiguo Imperio precolonial, Malí, y todos los nuevos líderes de los nuevos países olvidan pronto el Panafricanismo para dedicarse a crear sus nuevas naciones. La creación de nacionalismos estatales en territorios con poblaciones comunes de un país a otro reproduce el modelo balcánico.

Modibo Keita el primer presidente de Malí, es un buen ejemplo del tipo de líder africano de la época. Intelectual, pero formado en la política desde la base, con experiencia en Francia e ideológicamente partidario de una mezcla de socialismo o comunismo a la africana, lo que significa en la práctica bien poco. Panafricanista de origen, Keita, como la mayoría de los líderes, intentará adaptarse a las tendencias del momento, y la más propicia para la independencia real que deseaban, era acercarse al bloque soviético. Con todo, Moscú quedaba muy lejos y como explicó Marx, el contexto económico y el desarrollo del capitalismo en África eran muy distintos del de los grandes países industriales de Europa. La Colonia no había roto el sistema familiar, las relaciones de linajes y los lazos culturales que atravesaban las nuevas fronteras de los nacientes Estados africanos. Por ello, el principal interés de la política de Keita será la construcción nacional de Malí, en cuyo estereotipo no entraban los tuaregs.

Senghor, Keita y De Gaule juntos en Dakar.

Senghor, Keita y De Gaule juntos en Dakar.

Todo el control del Estado recae en personas relacionadas con la élite presidencial, con lo que el poder queda muy concentrado en pocas manos y muy reconocibles. Cuando a la ineficacia e impotencia se une la corrupción, se suma la pobreza y la crisis económica, es muy fácil recurrir a explicaciones étnicas para solucionar problemas mucho más graves y profundos. La tensión entre el norte y el sur seguirá creciendo cuando fracase la política de Keita, pero, sobre todo, tras la guerra civil de 1963. Keita deseaba centralizar el poder, eliminando el sistema tribal y el poder de los linajes en el norte. Sin embargo, el Estado maliense no proponía nada en contrapartida, con lo que rápidamente estas políticas fueron asimiladas a la anulación de la tradición y del poco poder tuareg. La acción militar será rápida y las represalias indiscriminadas afectarán a hombres y ganado, la mayor riqueza local. El recuerdo de esa guerra perdurará y Keita sumará un enemigo más a su lista, hasta que finalmente sea apartado del poder por un golpe de Estado en 1968.

La situación económica de Malí se verá agravada por sucesivas sequías que afectan al Sahel y también al sur del país. El uso del cauce del Níger para cultivos industriales como el algodón no ayudará a mejorar la situación. Malí es uno de los países más pobres de la zona, tanto en riqueza en PIB como por habitante y su Estado uno de los más frágiles e inútiles. La tensión social desemboca en una nueva guerra civil entre el norte y el sur en 1990. Otra vez los tuaregs se levantan en armas, reclamando los mismos derechos que la población del sur de Malí. Pero esta vez han sido armados por Gadafi, que los utiliza como mercenarios en su particular diplomacia paramilitar, como en Líbano, Chad y otros países. En la guerra, el ejército de Malí comete varias matanzas que serán germen de ciertas exacciones cometidas en 2012 por los rebeldes tuaregs, aliados a los islamistas. La victoria militar del sur se compensa con los acuerdos de 1992 tras la caída de la dictadura, donde se prometen a los territorios del norte políticas de integración y cierta autonomía. Los acuerdos son incumplidos, lo que se añade a la falta de acción social del Estado y la crisis económica. Finalmente, y completando las claves del levantamiento rebelde de 2011, a partir de 2010, tiene lugar la llegada de los islamistas de la nebulosa Aqmi (la facción africana de Al-Qaeda).

¿Por qué en Malí, por qué ahora?

Tanto la presencia islamista como la posterior intervención europea se producen tras varios procesos complementarios. Por un lado, la relativa estabilización de la situación política en Argelia y Níger, dos países con recursos geoestratégicos vitales. Europa, y Francia en especial, dependen del gas argelino y del uranio de Níger. La industria nuclear francesa y la multinacional AREVA son los concesionarios de las minas de uranio del centro de Níger, muy cerca de la región de Kidal, núcleo de la revuelta tuareg en Malí. La mejora del control de estos recursos por sus gobiernos y el apoyo de Europa han dificultado la acción del terrorismo islamista en esos países. La estabilización de Costa de Marfil tras la guerra civil y la mejora del control de Marruecos y Mauritania de las redes de tráfico de drogas e inmigración ilegal, dejaron al frágil Malí como eslabón débil.

En segundo lugar, la caída de la dictadura libia del Muhammad Gadafi ha permitido, en el caos subsecuente, que numerosos arsenales fuesen saqueados y que una gran cantidad de armas circulen por el Sahara reforzando el armamento de los grupos islamistas y de los movimientos tuaregs. A ello, y como contraposición a la estabilización de Níger y Argelia, se une la Primavera árabe y la llegada al poder de partidos islamistas moderados en Egipto y Túnez. El proceso político está en curso y, sobre todo, en Egipto, la inestabilidad es muy grande. Como colofón, la guerra civil en Siria, donde se enfrentan todas las facciones posibles, añade más desorden a una región ya maltrecha.

No se puede olvidar la situación geoeconómica de Malí, con problemas de sequía cada vez más acuciantes, que provocan la pérdida de caudal del Níger y la desorganización del sistema agrario nacional. La pobreza y la corrupción gubernamental son muy grandes con lo que el descontento sólo se vehicula a través de la emigración que, como hemos visto, es cada vez más difícil.

Por último, la desconfianza entre norte y sur se ve agravada en el momento en que la situación económica y las libertades políticas están en peor situación en el norte tuareg. Azuzados por la diatriba religiosa de los islamistas, varios grupos tuaregs han realizado una alianza práctica con los terroristas en vías de conseguir más derechos, la independencia o simples beneficios locales (mayor poder y control sobre las rutas de la droga, el contrabando, etc.) La miríada de intereses, la propia disgregación de los grupos, bandas y partidos tuaregs (similar a la de las del resto de Malí), plantean un panorama muy diverso y poco estable. Al mismo tiempo, la tendencia es a homogeneizar y no diferenciar entre las reclamaciones legítimas y la barbarie religiosa. La categorización étnica plantea problemas al retirar del debate las cuestiones de derechos sociales y políticos, que son determinadas a una supuesta pero obligatoria pertenencia comunitaria. El resultado son centenares de muertos, casi medio millón de desplazados, imposición en el norte de la ley religiosa con la consiguiente vulneración de los derechos humanos, y en el sur confusión entre terrorista y tuareg, racismo, xenofobia y revanchismo. El miedo a la conquista islamista que amenazaba a la población del sur se ha desplazado al norte donde la población teme exacciones indiscriminadas basadas el color de la piel.

Posibles explicaciones de la intervención francesa.

Raffales franceses despegan de una base chadiana. Foto de N.N. Richard

Raffales franceses despegan de una base chadiana. Foto de N.N. Richard

En lo que se refiere a la intervención de Francia, respaldada por la UE y los EEUU, hay que hablar de la necesidad de salvaguardar sus intereses estratégicos de Níger y Argelia ante el hundimiento del Estado maliense. Los rebeldes y los islamistas se acercaban a Bamako cuando las tropas de élite francesas comenzaron a intervenir. La necesidad de estabilizar la región, finalmente, se presentó como ineludible y, Francia es el único país europeo (junto con Gran Bretaña) con logística (bases en Senegal, Costa de Marfil, Chad y Djibuti) y poder militar para intervenir.

Podemos acordar el beneficio de la duda al nuevo Presidente francés, François Hollande. Tal vez, puros ideales como la defensa de los derechos humanos, la lucha contra la teocracía y la resolución del conflicto interno de Malí, le hayan animado también a tomar está decisión. Si es así, la política internacional de Francia deberá cambiar y dirigirse más hacia el ideal de cooperación sincera, justa y recíproca que imaginó Leopold Sédar Senghor. La falta de decisión del gobierno actual, hace de esta hipótesis, algo francamente deseable, pero utópico.

La guerra clásica era muy fácil de ganar, gracias a la aviación, los blindados y unos 6.000 soldados, apoyados por el reconstituido ejercito de Malí y tropas de Chad y Nigeria. Lo que será más difícil es ganar la guerra ede guerrillas del terrorismo, si el recurso a los atentados suicidadas se hace una pauta habitual como en Irak. En ese sentido, precisamente la diversidad de intereses, de grupos y líderes, y el hecho de que la alianza con los terrositas islamistas haya sido interesada, son elementos para pensar que Malí, Níger, el Sahel, no se convierta en un nuevo Afganistán o Irak. Los tuaregs carecen del fanatismo religioso de otras regiones y están más interesados en salvaguardar sus propiedades y derechos, participar en las instituciones del Estado (policía, ejercito y administración) y ser plenamente reconocidos en Malí. La independencia del Azawad (nombre tuareg de la región), tampoco pasa por ser el fin principal. Rápidamente, tras la caída sin demasiados combates de las ciudades que controlaban, el MNLA (Mouvement national pour la libération de l’Azawad), uno de los principales grupos rebeldes tuareg, pero no el único, decidía dejar de lado la independencia y se ponía a negociar con el gobierno de Bamako. Hay que destacar la existencia de partidos pacíficos, dentro de la región tuareg, que se han opuesto a la deriva islamista y militar, que apuestan por soluciones pacíficas.

Ningún ejercito organizado es capaz de resistir hoy la presión de atentados suicidas ilimitados, como se ha visto en Afganistán. La opinión pública francesa y europea acepta una guerra incruenta (por el momento las fuerzas francesas han tenido una única baja), en defensa de la democracia, en contra del fanatismo religioso y que defienda las vidas de sus expatriados y los intereses económicos nacionales. Pero, si los atentados se generalizasen, los secuestros fuesen moneda común y Europa se viese afectada en su propio territorio, como ocurrió en los atentados de Madrid y Londres, probablemente la rotundidad de los políticos y ciudadanos sería menor. Nada apunta, no obstante a un proceso de este tipo ya que, en principio, la nebulosa de Al-Qaeda carece del apoyo sólido del que gozaba en Afganistán o Yemen.

Paisaje de a sabana del Sahel.

Paisaje de la sabana del Sahel.

Al día siguiente de las independencias, Senghor – el poeta más que el político – soñaba con un mundo más justo: “He soñado con un mundo soleado en la fraternidad con mis hermanos de ojos azules. El mañana de Malí y de toda la región dependerá de la política de cooperación de Europa con el África subsahariana y con los países del Magreb y Oriente Próximo. Si se busca un desarrollo global y se mejora la calidad de vida de la población de todo Malí, el terrorismo dejará de tener apoyo. Por el contrario, si el poder de Bamako no integra a los ciudadanos del norte y únicamente se utiliza la exacción y la venganza; sí Argelia y Níger actúan contra todos los tuaregs como si de terroristas se tratase, y no se atiende a las demandas ciudadanas, la consecuencia será la balcanización de la región, otro de los temores, ya en 1960, de Senghor. Es difícil preveer una política coherente y de más largo plazo cuando, tanto los políticos europeos como africanos, están centrados en el corto plazo y la influencia de las multinacionales continúa siendo vigorosa. Nadie piensa en sembrar paz y concordia, en desarrollar y mejorar en lugar de proteger y militarizar. La estabilidad tan buscada por empresas y Estados necesita de la inversión en paz, derechos políticos y sociales y mejoría de la calidad de vida. Sin respeto por los individuos, sin realidades en lugar de vacuas promesas, sin estos elementos, las tensiones económicas volverán a materializarse en rupturas étnicas y religiosas.

Febrero 2013.

PD: Toda la información utilizada en la redacción de este artículo ha sido extraída de periódicos y páginas webs francesas, francófonas y españolas. Esto contradice la idea inicial, es decir que los medios de comunicación no realizan correctamente su trabajo de investigación y análisis. No obstante, muestra que los datos necesarios para una reflexión más completa y compleja, no sólo existe, sino que están al alcance de casi todos. Poseemos los instrumentos para comprender en profundidad los problemas, pero no los utilizamos. Nos contentamos con las respuestas fáciles pero inservibles, y eso, cierto es, no es culpa de los periodistas, historiadores, antropólogos o polítólogos.