Jaques Thèze en la portada de sus “memorias”.

“La ciencia, la medicina, las ocupaciones sociales, se unen en un mismo combate. Reencontrándome con la práctica médica, he unido finalmente todas las piezas del puzzle. A partir de ahora, soy yo mismo y me queda tanto por hacer” (2011:281)

Es justo, que a la hora de hacer una crítica, desvelemos aquellos datos que podrían hacer esa crítica, si no menos pertinente, al menos más sospechosa. El conflicto de intereses es una de las dolencias mayores de nuestra sociedad. Excesivamente habitual, además, se suele ocultar bajo hipócritas cortinas de humo y, lo que es peor, bajo discursos políticamente correctos. Los desafíos globales de nuestro planeta, los que provocan y se retroalimentan con los desafíos locales e individuales,  necesitan ideas claras, precisas que, sin negar su orientación política, luchen por resultados objetivos, beneficiosos para la colectividad. Todos poseemos un pasado, unos intereses -económicos y sociales-, negarlo es mentir. Sin embargo, esto no impide que las ideas expresadas sean justas, acertadas. Jacques Thèze es un personaje importante, un científico de primer orden y una voz con poder y eco en el Instituto Pasteur, en las instituciones públicas y privadas de Francia y del mundo. No es una celebridad pública, pero ha estudiado, colaborado y trabajado con varios premios Nobel (François Jacob, Jacques Monod, Renato Dulbecco, Roger Guillemin y Baruj Benacerraf) en algunos de los mejores centros de investigación del mundo. Pero, sobre todo, es una de las personas que me han regalado los elogios más exagerados e injustos. Creo necesario destacarlo, para que las líneas que siguen sean leídas con conocimiento.

Los científicos “puros”, – por contraposición a los científicos sociales -, forman parte del corpus intelectual que modifica el mundo. A pesar de que sus descubrimientos, invenciones, teorías y orientaciones, son capitales para entender el presente, no suelen, al menos no recientemente, adentrarse en la filosofía, en el análisis humanístico de su tarea. Es comprensible, ya que puedo constatar que su horario y dedicación es casi absoluto. Jacques Thèze, investigador en inmunogenética, ha dado ese paso, y lo ha hecho cubriendo una buena parte de las Ciencias Humanas.

Su libro “Médico de corazón, científico de espíritu”, es una autobiografía donde el autor nos muestra sus dudas de juventud, su relación paterna, sus vaivenes metafísicos concentrados en esa dicotomía a la que hace referencia el título: curar o investigar. Pero también es la primera antropología del Instituto Pasteur, mostrando a los grandes científicos, sin ocultar las rencillas, las luchas, las incoherencias y los problemas internos de dicha institución. Se trata aún de la política, de la influencia de lobbies, de cómo se deciden las líneas de investigación o la colaboración internacional. Así pues, Antropología, Historia, Sociología, Ciencia Política, y todo bajo la mirada severa de esa duda total. Porque este médico, este científico que ha dirigido el Instituto Pasteur de Lyon, que fue clave a la hora de decidir que Francia invirtiese dinero y orientase las investigaciones para curar el SIDA en un momento en el que la enfermedad no parecía lo suficientemente importante, sigue dudando. El hombre surge entre la duda, supera los títulos, los galardones, las entrevistas y el prestigio. El hombre sigue dudando si fue buena aquella lejana decisión: abandonar la medicina directa, el trato con los enfermos por la investigación, la teoría y el laboratorio.

He tenido la inmensa suerte de compartir horas de conversación con Jacques Thèze, al principio ignorando la importancia del científico. Siempre con el respeto educado, mi ignorancia pudo acercarnos y hacer que, en nuestras conversaciones, cada uno dejase entrever nuestras propias obsesiones. Hoy, habiendo leído su libro puedo comprender mejor nuestros puntos de vista. Ninguno se arrepentía de sus decisiones, y sin embargo… El señor Thèze, ha tenido en su mano decisiones más importantes que la mayoría de los humanos, ha tenido más poder por su situación, por su trabajo, por su esfuerzo. Tuvo la posibilidad de entrar en el mundo de la política, lo que suponía, abandonar la ciencia, al menos en parte. Decidió mantenerse cerca de los microscopios. Tuvo que decidir si participaba en la lucha por el poder del Instituto Pasteur. Prefirió la ciencia a la gestión, sin por tanto renegar ni de la política, ni de la burocracia necesaria. Pero la decisión más dura fue la de abandonar a los pacientes para entrar en el mundo de la investigación; esa es la pregunta filosófica que estructura el libro.

El señor Thèze traza en su libro el camino de una vida larga, que atraviesa la historia de Francia, de sus antiguas colonias, de Europa y del Mundo. Encontramos un estudiante que practica un aborto: “Nos enfrentábamos, a la religión, la moral, las reglas, infringíamos las leyes. Pero sobre todo considerábamos que era justo” (2011:39). Un médico que debe tomar partido en el problema colonial de Argelia. Un joven investigador que se codea con la flor y nata de los inmunobiólogos en los Estados Unidos. Un investigador que se enfrenta más tarde a los “conservadores” del Pasteur que no comprenden ni quieren comprender que la ciencia del XXI no es la del siglo XIX. Un dirigente que debe tomar decisiones como gestor, decisiones difíciles pero siempre meditadas. Un científico de renombre que recibe distinciones, aconseja a ministros, establece relaciones revolucionarias con países problemáticos como China, sabiendo que toda decisión implica consecuencias que hay que asumir.

Pero durante todos esos años hay algo que perdura, algo que quema en el interior. Algo incompleto. El hijo del campesino pirenaico ha tocado, gracias a la meritocracia francesa, el olimpo de la ciencia, ha roto las barreras de la clase. Existe un debate crónico en la ciencia sobre la preeminencia de lo innato, lo heredado, lo genético contra lo cultural. Su propia voz de experto genético ha roto siempre una lanza a favor de la cultura y del libre albedrío. La variedad genética de un individuo es tal que prácticamente no existen límites a sus posibilidades. Lo que quiere decir que la clave no es lo heredado sino lo cultural, la educación, el contexto social y económico en donde nace, vive y se desarrolla una persona. Todo es posible si unimos a los medios materiales, la fuerza y la constancia del individuo por saber, por aprender, por alzarse.

Esa brizna de infinito optimismo significa, en este mar de niebla oscura en que vivimos, que todo, todo es posible. Potencialmente posible y difícilmente realizable, pero he aquí el sendero a seguir. No es posible volver atrás, sólo se puede avanzar, luchando, en la medida de las posibilidades, pero siempre sin renegar de lo que somos, y de lo que aspiramos a ser. Recuerdo nuestras conversaciones, emocionándonos con los retazos bondad, de lógica, de razón que cada uno habíamos disfrutado, ya fuera en China, en Brasil, en EE.UU. Recuerdo, casi con vergüenza mis digresiones interminables sobre cuestiones cada vez más alejadas del punto de partida, y su atención permanente a cada palabra. Puedo echar de menos, a veces, a la ciudad de la luz, pero si lo hago, es sin duda por el puñadito de gentes que influyeron en mi vida durante los años que viví en la bella capital de Francia.

Edificio del Instituto Pasteur de París. Foto de Tula_tulipa.

El libro formula esas preguntas existenciales: ¿qué hago en el mundo?, ¿por qué?, ¿es lo que quiero?, ¿por qué sigo haciéndolo? Y al final las responde. No es una respuesta universal, es una respuesta personal, donde el científico, el personaje público se abre, muestra sus contradicciones e intenta resolverlas. Las respuestas de Jacques Thèze han sido, compaginar su íntimo deseo de ayudar directamente a los enfermos con su labor científica. Desarrollar una vacuna, aislar un gen causante de enfermedades es, sin duda alguna, cuantitativamente mucho más importante, pero no colma el alma de un hombre que necesita sentir a la humanidad. Junto al lado micro, existe el lado macro, el ámbito político, que necesita personas de valía, con conocimientos, discurso, sentimientos y, sobre todo, la honradez de decir las cosas, de enfrentarse al poderoso y defender los derechos de aquellos cuya voz se apaga en el ruido incesante de nuestra sociedad desorientada. ¡Ojalá los partidos franceses llamen a su puerta! Sería un gran error no hacerlo, una gran pérdida para la política de Francia y de Europa, huérfana de valentía y sabiduría.

Recuerdo la primera vez que entré al Instituto Pasteur como humilde profesor de lengua. Desde el principio tuve conciencia de la importancia del lugar, de la importancia del personaje. Lo que vino después se pareció poco a una clase de lengua, mucho más a una conversación filosófica entre iguales, un repaso de historia, una especie de terapia donde el supuesto profesor se convertía en paciente, y el aprendiz, en lo que nunca ha dejado de ser, un médico que extraña el contacto con el enfermo. Poco a poco, tejimos esos vínculos impredecibles que hacen que dos frases sirvan para unir a compadres que se ven muy poco. Rápidamente, me di cuenta de que si el personaje era importante, mucho más lo era la persona, una persona importante que puedo considerar un amigo. Una persona que ha hallado su camino y que no tiene miedo en andarlo.

Jacques Thèze, Médecin de coeur, scientifque d’esprit, Hermann, París 2011, 281 páginas.

Noviembre 2012.

PD: El libro de Jacques Thèze está únicamente disponible en francés, si alguien está interesado puede adquirirlo aquí.