El Loira cruza Oleans.

“Las supuestas reliquias de Juana de Arco son los restos de una momia egipcia”.

Hoy el periódico informaba de que próximamente un Tren de Alta Velocidad intentará batir el record del mundo de velocidad. Un notario verificará que se superen los 560 km/h en el nuevo ramal de alta velocidad que unirá Paris y Nantes y Burdeos y Rennes con Estrasburgo, Stuttgart, Zurich, Luxemburgo y Frankfurt. París “será” a 3:40, 3:50 y 4:35 horas de cada una de las tres últimas ciudades, respectivamente. Y escojo bien el verbo. Ser, será y no estará. El espacio habrá sido pulverizado y las distancias físicas, reales “serán” moduladas por la velocidad de las serpientes metálicas. Todas estas ciudades “serán” ciudades cercanas, podrán conocerse y fundirse en la medida en que sus ciudadanos lo hagan. Y lo harán, se lo digo yo, muchos, no sólo los ricos, los poderosos o los turistas. Lo harán los trabajadores, los empleados, los obreros y las personas inteligentes que decidan aprovecharse de las oportunidades laborales de las grandes urbes y al tiempo, de la tranquilidad, la calma y la calidad de vida de las ciudades medianas o de los pueblos situados a lo largo de esas nuevas vías de comunicación. Todo ello podrá, tal vez, aliviar la presión urbanística sobre las grandes capitales y desarrollar más el ámbito rural, dando vida a zonas apagadas y despobladas, quitando un poco del exceso a las conurbaciones y megalópolis donde se hacina la gente.

Como ven siempre a caballo, siempre saltando, sin saber a donde voy, de donde vengo. No puedo evitar pensar en el desierto cultural español, en el desastre laboral, con horarios interminables y productividad nula, ausencia de inversión, de transportes públicos que articulen el territorio más allá de las grandes aglomeraciones y de las fantasías de los visires autonómicos. Del país del tren, desde los países del tren, yo pienso aún en la tierra del coche, de la autopista pagada con el esfuerzo de todos y cedida al lucro salvaje del que somos rehenes porque no existen estas maravillas y si existen, lo son para los que, bien lucrados, ya no soportan los atascos automovilísticos ni los retrasos aeroportuarios. Estar cerca pero lejos no me permite olvidar, pero me concede un cierto relajamiento.

Y así me relajo, poco a poco hundiéndome en la tranquilidad del Camino, recuperándome justo al iniciarse el movimiento leve, gracias a ese regusto que da la marcha, el viaje, el recorrido vagamente definido del que sólo esa marcha hacia adelante nos queda clara. Esta vez la culebra de acero nos llevaría a Orleáns, villa de historia, como todas, villa del Loira, villa antigua a una hora de París. ¡Qué importan los kilómetros si tan sólo nos separan 60 minutos!

Me acomodo lentamente, disfruto del comienzo del viaje, del adiós a los arrabales de la ciudad. Primero los bloques de casas que no caben en París, después las extensiones sin fin de chalets y pavillons, tranquilos en su calma ajena, con alguna que otra colina verde, poblada de árboles aún casi sin hojas. Me acomodo tanto que no saco ni el libro, el paisaje es más agradable que la inmersión en historias imposibles, en sucesos históricos o historias decimonónicas que podrían haber sido escritas ayer por la tarde. En la oscuridad del metro, viajando por los intersticios de la noche diurna, allí sí es necesario escapar a los olores, a las toses y a los lamentos de los que no tienen otra cosa. Allí acompaño a los viajantes de lo desconocido, recorro el globo en barcos podridos hace tanto tiempo. Aquí en cambio, es un verdadero disfrute mirar a través de las ventanas y contemplar el espacio que se va espaciándose, los hombres que van desapareciendo para ver de nuevo la tierra que yace bajo asfalto, hormigón y polvo. El territorio, no por vacío de gentes, deja de ocuparse y de utilizarse. En Europa, la menor brizna de terreno se cultiva, se valora y se pone en producción, con árboles, con trigo o con cerdos, pero nunca se verán terrenos olvidados, yermos por falta de brazos, de capital o de interés. Y en esto el tren se detiene. Ya hemos llegado.

Como la estación se encuentra en un cul-de-sac, en un callejón sin salida, el tren que a última hora hemos cogido se detiene en las afueras de la ciudad. Un tranvía, que me recuerda los tranvías modernos de Lisboa, nos espera en la puerta de la estación. Ya la limpieza del aire, la frescura del ambiente nos dice que hemos escapado del vortex de la megápolis. Y la limpieza, todo está agradablemente limpio. Según el mapa la estación no debería de estar a más de tres kilómetros del centro. Tres kilómetros, pecata minuta.

El día ya se ha levantado, no la gente. Un sábado en provincias, todo está callado. Es de día, pero pocos coches nos importunan. Con el rudimentario mapa nos orientamos entre modestas casitas de campo y cementerios inmensos. Las calles son largas y se tuercen para esquivar el camposanto, el tranvía ya se ha olvidado hace tiempo. Hay algo en la ciudad, en la ciudad que todavía no pisamos, que se huele, que me recuerda algo ya visto, ya conocido, ese déjà-vu. Tal vez sean las altas torres de la catedral que dominan por completo la ciudad, al menos desde esta perspectiva, tal vez un aroma tranquilo, provinciano, de ciudad castellana llena de conventos e iglesias y parejas de domingo. Pero aquí hace un frío verde y húmedo que no se estila en la meseta. Tal vez sea la historia, pero la historia no huele, huelen en su caso los libros, el papel que los compone. Aquí se dice que comenzó el fabuloso mito de Juana de Arco. Aquí participó, la damisela, en el levantamiento del sitio en 1429. En aquella época la rica y estratégica ciudad suponía el último cerrojo para el dominio anglo-borgoñón del reino de Francia, o de lo que de él quedaba. Orleáns, nudo de comunicaciones, puerto importante en el interior de la Francia septentrional, era una de las escalas comerciales para los productos que se dirigían a París y llave para controlar toda la región. Su caída pesaría mucho en las entrañas del reino. Pero no cayó y el sitio fallido supuso el punto de inflexión que conduciría lentamente al fin de la Guerra de los Cien Años y a la expulsión de las tropas del rey inglés.

Sacralizada, inventada e reinventada después, Juana de Arco tiene un sabor muy rancio. Su mito, utilizado desde finales del XIX por la derecha tradicionalista y ultraconservadora, – Vichy retomará su simbología antinglesa -, llega incluso hasta hoy en día, el Frente Nacional celebra su fiesta mas importante el 1 de mayo, lo cual es cualquier cosa excepto casualidad. Poca culpa de todo ello tienen los habitantes de la Orleáns del siglo XXI, muchos de los cuales nada o poco sabrán de los debates de los historiadores, de las falsedades de obispos y politicuchos, de las querellas de monarcas que pertenecían a la misma familia y luchaban por el control de sus feudos.

La ciudad tiene un aroma tal vez, pero puede ser la bruma del río que no vemos, las bruma de la mañana que las agujas de las torres han rasgado dentre los vientres panzudos de las nubes más bajas. Puede ser también el olor del papel del los libros antiguos. Ésos que tendemos a confundir con el oxígeno que se respira sobre el mundo, mezclando hechos pasados hace mucho tiempo con la ignorancia que un buen viajante siempre debe sentir al llegar a un lugar. Esa ignorancia puede conducirnos al miedo y el miedo al cliché, al prejuicio, al juicio de valor que no escucha razones ni pruebas y que se ciega tras la banda estanca de una supuesta justicia. Pero no haremos eso, porque la ignorancia debe conducirnos a la duda y la duda a la búsqueda y la búsqueda al aprendizaje, al conocimiento y, así pues, nos inmiscuiremos en la ciudad como lo que somos, recién llegados, como lo que debemos ser, aprendices de lo que no conocemos, profesores de lo que ya sabemos un poco.

La catedral católica de Orleans. Foto de Vastar Yoles.

Y empezamos por la majestuosa catedral, preludiada de un pequeño ayuntamiento, que parece catapultado desde Flandes, con banderitas y todo; y de un también pequeño y coqueto museo que nos abstendremos de visitar. Sólo una cafetería abre sus puertas. La visita relámpago exigía madrugar y de hecho somos los primeros en entrar a la iglesia. Las altísimas puertas deben tener siglos. El interior es un eco, un eco silencioso. Un cura barre. Damos la vuelta a la iglesia, la recorremos oyendo nuestras pisadas. El aspecto es deslavazado, aquí en la République el Estado no puede subvencionar lugares de culto, excepto cuando estos son monumentos nacionales, lo cual obliga al culto propietario a hacer ciertas concesiones. Así, la mayoría de las catedrales e iglesias de Francia carecen de la financiación necesaria para su mantenimiento. La Iglesia francesa es pobre, no hay demasiados fieles y el Vaticano no quiere oír una palabra de dineros. En la girola el vandalismo dejó sus huellas hace centurias. Allí se pueden ver graffitis insulsos de súbditos de los reyes de Francia. Los imbéciles existieron y existirán en todas las épocas. Esto obligaría a cierto autor a corregir alguno de sus artículos. Nos vamos y la iglesia queda con su silencio tal y como estaba cuando entramos, un eco callado de mañana de sábado.

Al salir, decidimos dar la vuelta completa. Un individuo nos supera y nos mira con un atisbo de recelo. Al pasarnos se convence de que somos turistas madrugadores. La calle forma una curva que acomoda la cabecera de la catedral, allí en un edifico, una pequeña puerta se abre tragándose al señor. Una placa nos informa de que se trata de una sinagoga. Nunca dejarán de sorprenderme lo semejantes que son todas las creencias religiosas, y por ello los conflictos que sus enfrentamientos han causado. Alejándonos de aquel remanso de cultos, recuerdo que Orleáns fue sede de poderosos nobles y comerciantes hasta que las guerras de religión del XVI destruyeron su pujanza, sólo recuperada – y a medias – en el XIX. Nos vamos del todo dejando a los dioses en paz.

Avenidas hausmanianas y arcadas silenciosas se van abriendo a medida que uno se aleja de la catedral y de su gran explanada. Sin embargo, decidimos volver sobre nuestros pasos y perdernos entre las callejuelas de lo que parece un remozado casco viejo. Un joven recién despertado nos da los buenos días en la calle recién limpia, fresca aún. Caminamos y vemos bares cerrados, restaurantes con verdadero encanto, tiendas alineadas, callecitas que suben y bajan, un inmenso furgón de Correos nos molesta – o tal vez nosotros a él – en su tarea matutina. Avanzamos al tuntún, sin rumbo fijo, sólo nuestra brújula vagamente nos indica donde se encuentra el río. Y a él llegamos. Los contrafuertes de la ciudad antigua se elevan unos metros y nos permiten verlo cerca y lejos a la vez, ya que es muy ancho. Un rumor triunfa al fin, y un furor, pues el río baja lleno después de las últimas lluvias, canalizando la inmensa cuenca del Loira y extendiéndose en un ancho lecho.

Bajamos una callecita que queda a la izquierda de un parque nuevo. Bajo él unos cines. A su izquierda nos perdemos en una calle sin salida y desandamos. La avenida del río está en obras, con dificultad llegamos a un mirador sobre el mismo cauce. Los puentes, tan estratégicos antaño, se ven en toda su largura. Hace frío, la llanura de inundación es inmensa y el viento acompaña el recorrer del río, frío y seco a pesar de la humedad que remonta de las aguas agitadas y turbias. No aguantamos mucho. En el puente sacamos unas fotos rápidas mientras el tranvía, dueño y señor de la villa, une con sus metálicas vías las dos partes de la ciudad. Al otro lado no parece haber nada de interés, de interés turístico; con todo, recordamos haber visto en las informaciones previas al viaje una foto de un parque botánico. Cruzamos el río. La perspectiva contraria es, como siempre, necesaria, desde aquí la ciudad es mas portuaria, menos anclada en la tierra, más ligera, flotando tal vez en el cielo azul de la mañana entre las nubes que continúan rasgándose. Del parque botánico, recordaremos solo un jardín, bonito y vacío, fresco.

De vuelta al corazón de la ciudad, ésta ha despertado. Una agitación muy propia de un sábado lo cubre todo. Viandantes tranquilos que se detienen para tomar el sol en las terrazas que han surgido como por arte de magia sobre las callejuelas. Librerías de viejo y tiendas de comics que abren sus puertas y que, a través de sus cristaleras, calientan el cuerpo con destellos de color, páginas antiguas, historias jóvenes. Múltiples tiendas de ropa, de complementos, de comida, inmensa vitalidad, vigorosa pero tranquila, civilizada pero no tan sibarita ni elegante. Gente que no corre y que disfruta de las calles donde los coches tienen vedado el acceso.

Pero el tiempo discurre y el estómago cruje. Sin pensarlo mucho, lo que es un logro, nos metemos en un elegante restaurante donde el menú posee un precio competitivo. La acogida es tan soberbia que temo por la solidez de mi tarjeta de crédito. El placer del buen tratamiento y servicio, de la comida, sabrosa bien que frugal, no se completa del todo hasta que ha llegado la cuenta, felizmente en absoluto acorde con el lugar. De muy buen y corto gusto, o gasto.

Bien comidos seguimos nuestro paseo, pues de pasear se trataba. La ciudad no nos cabe en los pies y ya la hemos recorrido tres veces cuando nos sentamos al sol, en el parque nuevo, sobre los cines. Magnífico postre. Temerosos del cansancio de una jornada completa paseando sobre pavés, asfaltos y piedras decidimos entrar en una sala oscura y retomar el placer por el cine. Elegimos una película alemana y salimos apabullados por la facilidad que algunos tienen para transmitir y hablar de cosas pesadas y duras sin caer en la ligereza idiota de los tópicos y las mentiras.

La película nos ha hecho más libres; los paseos nos han hecho más libres; el sol acunándose a sí mismo antes de caer en el atardecer dorado, también nos ha dicho que éramos libres. Volver a pie al tren, nos recuerda de nuevo nuestra libertad, y el metálico y puntual tren de acero cromado nos da alas, llevándonos en su vientre, de nuevo a nuestro pequeño nicho de cemento, libres, sin embargo.

Marzo 2007.