La Primera Guerra Mundial fue la última guerra del XIX y la primera del XX, mezclando usos y tecnologías de ambas épocas.

La Primera Guerra Mundial fue la última guerra del XIX y la primera del XX, mezclando usos y tecnologías de ambas épocas.

“Vi era un bel sole: tutto era chiaro e trasparente, solo nel cuore degli uomini era buio.”
“El sol era bello, todo era claro y transparente, sólo el corazón de los hombres era oscuro”.
Mario Rigoni Stern, escritor italiano.

Hoy se cumplen 96 años del final de la I Guerra Mundial. No fue la más mortífera, ni tal vez la más cruel, porque de guerras y crueldades este planeta está servido desde que el ser humano se afianzó en él. Dejamos de lado las guerras olvidadas, las muertes inmensas provocadas en tiempos de supuesta paz, lo que hace hecatombe a los al menos 10 millones de muertos, y hace obligatorio el estremecimiento de las campanas que suenan hoy por ellos en buena parte del mundo.

Poco queda de aquellos cuerpos. Los que tuvieron más suerte desaparecieron en un zumbido, o en una llamarada, de los otros tampoco queda demasiado 100 años después. Sus huesos se disolvieron, sus cenizas se consumieron y forman parte del humus que nutre los inmensos cementerios de Francia, de Alemania, Italia, Serbia, Rusia o Gran Bretaña. Queda, no su ejemplo, pues no fue una guerra digna y pocas pueden serlo, queda su advertencia. No se trata de un aviso razonado, ya que la inconsciencia, la prepotencia y la inadvertencia llevaron a muchísimos del desfile triunfal de 1914 a la tumba de lodo de las trincheras. El aviso no lo portaron los muertos, sino su muerte. La muerte que se inició en 1914 y que terminó cuatro años después, en la mañana del 11 de noviembre de 1918, fue una salida trágica a un siglo de desarrollo económico, imperialismo y colonialismo, el XIX. Y fue al tiempo, el comienzo de otro siglo, el corto 1914-1989, donde ese mismo imperialismo capitalista dio origen a las peores pesadillas de la humanidad: el fascismo, el nazismo, el estalinismo y el neoliberalismo extremo.

La Primera Guerra Mundial es tan importante porque mostró como, procesos sociales y económicos injustos pueden generar movimientos políticos y conflictos de un salvajismo extremo que, en vez de dirigirse hacía la libertad, se encaminan sin dudarlo hacía la tiranía. La explotación del hombre por el hombre del capitalismo agrario e industrial del siglo XIX y la explotación colonial e imperial de los recursos y de las personas a través del planeta fueron las causas de aquella Primera Gran Guerra, llamada en la Francia “la der des ders” la última de las últimas. No fue más que la primeras de las siguientes.

Al principio de la guerra, el entusiasmo nacionalista animaba a todos a viajar hacia la carnicería.

Al principio de la guerra, el entusiasmo nacionalista animaba a todos a viajar hacia la carnicería.

Porque la masacre unió en la muerte a toda Europa, a las colonias de los imperios, a las jóvenes democracias americanas y oceánicas, a las viejas potencias de la India y China. Unió a la Humanidad en un apocalipsis de muerte que tiñó de herrumbre los cielos de Europa, de sangre, sudor y heces su egoísta corazón. Pero la guerra no resolvió los grandes problemas de la humanidad, la injusticia social y económica, la esclavitud y la servidumbre, no redujo las clases sociales ni la ignorancia. La Primera Guerra Mundial apostó por un mundo de vencedores y un mundo de vencidos, que incluía las colonias y los países dependientes de América del Sur y de Asía. La Primera Guerra Mundial apostó por un capitalismo de crecimiento continuo, que se beneficiaba de la redefinición de las fronteras y la creación de Estados más pequeños y supuestamente más homogéneos étnicamente. La IGM también supuso el aislamiento norteamericano y soviético, la creación y el cierre de más fronteras, sembrando la llegada del estalinismo, el apogeo del nacionalismo y su corolario lógico el fascismo, el nazismo y el exterminio.

Que los países puros no existan, que las etnias sean construcciones culturales sin más valor que el imaginado, que las geografías estén pobladas naturalmente de gentes diferentes dentro de la unidad humana, todo eso no importó ni a vencedores ni a vencidos. El 11 de noviembre de 1918, el alivio del armisticio sólo supuso una tregua lastrada por humores de podredumbre y miasmas de revancha. Y de aquellos polvos surgieron las riadas de lodo que emponzoñarían el mundo desde finales de los años 20. Muchos nuevos millones de muertos, heridos y desplazados se unirían a un reguero de sangre, de destrucción y de dolor, que los supervivientes arrastrarían hasta desaparecer.

Porque la IGM tampoco resolvió los problemas del capitalismo, ni los del crecimiento económico, provocando la crisis del 29, la IIGM. Sólo después, gracias a la mesura del keynesianismo, fue posible estabilizar y mejorar la situación de una parte del planeta, abandonando a su suerte al resto. Una vez más, tras la victoria y la paz de 1945, el mundo se reconstruyó más veloz y más voraz. Las mejoras tácticas de las condiciones de vida en Europa y Japón y Estados Unidos no impedían el aislamiento terrible del mundo soviético y chino ni la explotación sin remilgos de la tercera parte de la humanidad.

El Capital hizo de la geometría su ley universal y del consumo una manera de éxtasis. Hoy, los límites de ese modelo casi hacen saltar por los aires la economía toda, casi, como las crisis de los misiles y la guerra fría casi vuelan el planeta varias veces durante los años de la postguerra hoy idealizados. Ahora ya no queda espacio, ya no hay colonias ni países que puedan explotarse más. La geometría economicista agota la producción real y destina a hombres y naturaleza a nuevas esclavitudes. Las crisis se encadenan y es imposible relanzar una maquina atascada. Pero los consumidores, que olvidaron que una vez fueron ciudadanos, exigen su cuota de placer drogadicto. Y cuando no la obtienen se rebelan.

Tardí, dibujante francés ha relatado las miserias de la IGM combatiendo el patriotismo y la ceguera.

Tardí, dibujante francés ha relatado las miserias de la IGM combatiendo el patriotismo y la ceguera.

A comienzos de 1914 cuando los soldados se dirigían al frente desde Berlín, Londres, París o Moscú, lo hacían engalanados, rodeados de banderas bordadas y con la fe plena en la nación correspondiente. Y así siguieron, los países enfebrecidos, mientras los soldados caían y los que quedaban se volvían locos mortíferos o supervivientes hermanados por la sangre, el barro y la muerte. Fuera de los frentes, los creadores de banderas, los vendedores de humo, los estraperlistas de fe nunca dejaron de ganar dinero, poder e influencia gracias esas ideas simples donde la palabra pueblo demostró ser quincalla. Y las ciudades y los pueblos se llenaban de caras partidas, de hombres destrozados, de quemados e inválidos.

Presente diezmado.

Hoy, en noviembre 2014, cada vez menos recordarán las memorias, los dolores, los esfuerzos por sobrevivir de los millones que combatieron en 1914, en 1936, en 1939, en cada año donde la economía sacrificó a millones, envolviéndolos en banderas de colores que casi siempre defendían los mismos intereses. Pero la economía no tiene personalidad física, no es por lo tanto la culpable. Son los seres humanos, quienes se condenan, quienes justifican y colaboran en la pequeña y en la gran carnicería. Somos nosotros, actuando o delegando, asintiendo, negando o quedándonos callados con la cobardía tatuada en la cara.

El Roto, dibujante español que conoce bien a sus conciudadanos.

El Roto, dibujante español que conoce bien a sus conciudadanos.

No obstante, más que cobardes somos estúpidos. Europa se llena de referéndums sin ningún interés político ni social. Inanes e interesados muestran la potencia del populismo en el viejo continente. Reflejan como la población de Europa busca la vía más inútil pero, aparentemente, más fácil y segura para seguir viviendo en el paraíso del consumo. Y todo sin asumir ninguna culpa y sin cambiar ningún aspecto del mecanismo estructural que ha creado las crisis y que provoca nuestros problemas sociales. Siempre es más sencillo, y más eficaz, para los malos gobernantes, -y para la mala ciudadanía-, el señalar hacia otro lado, el cerrar los muros de la ciudad y enrocarse en tradiciones arcaizantes, en signos que justifiquen la diferencia de trato jurídico o económico. ¡Paradoja flagrante en un mundo globalizado donde los actores económicos son trasnacionales, los flujos de capital financiero todopoderosos, los hábitos de consumo y de moda similares y donde las consecuencias económicas, sociales y ecológicas de las decisiones, globales! Ilusión, ¡los muros de una ciudad, las fronteras de un novoestado más pequeño, más frágil y homogéneo, no son ni serán de ninguna ayuda! Pensar, que un idioma, una religión o un credo podrá defender a un territorio, grande o pequeño, de los vaivenes de los mercados, de la competencia feroz y el dumping de sus vecinos es una ilusión muy peligrosa. El florecimiento de micropaíses es contraproducente con un planeta condenado a la colaboración y sólo puede ser el germen de conflicto. Porque antes, y más hoy, la autarquía es imposible, sobre todo cuando no se modifica el modelo económico estructural basado en la apertura comercial y de capitales, el despilfarro de energía, trabajo y tiempo, el consumo desaforado, la ausencia de reciclaje y reutilización, y la obsolescencia programada.

Cambiar las fronteras, el himno y el idioma de los carteles no frenará en absoluto las tensiones económicas, las injusticias, ni redistribuirá la riqueza, ni limitará la explotación de humanos y naturaleza. Al revés, hará más fácil para los grandes conglomerados económicos la obtención de mejores condiciones de instalación o negocio. La competencia entre Estados más débiles y más populistas, favorece la reducción de impuestos, exigencias laborales y ecológicas, con lo que la tensión social en lugar de limitarse se verá intensificada. Porque los referéndums identitarios sólo permitirán, como dice un amigo, cambiar el color de los taxis. La gente cuando se dé cuenta de que sigue siendo igual de incapaz de modificar los derroteros de la gran economía, del empleo, de la educación y la salud, cuando caiga en la cuenta de que con la nueva bandera el dinero y el poder siguen siendo los que mandan, entonces exigirá cuentas a sus novogorbenantes, que no dudarán en buscar un chivo expiatorio para declarar un Auto de Fe y quemarlo en la plaza pública. Como en 1914, como en 1933, en 1939….

10 millones de muertos en los combates, muchos millones más por enfermedades, la Revolución en Rusia y Alemania, las masacres en Armenia, demasiados.

10 millones de muertos en los combates, muchos millones más por enfermedades, la Revolución en Rusia y Alemania, las masacres en Armenia, demasiados.

No se discierne entre el culpable ideal y los responsables de la crisis, del desmantelamiento del Estado de Bienestar, de la pérdida de derechos sociales. Y no se hace, porque en parte somos nosotros los culpables, en parte tenemos miedo, en parte preferimos una respuesta fácil a otra compleja. Al igual en los años 30, esa situación favorece y puede desarrollar movimientos que sobrepasen el populismo y se dirijan hacia el belicismo y el imperialismo. Los europeos de los años 30 justificaban la ocupación de países vecinos en base a criterios de “necesidad”, xenofobia y superioridad. Sentados en el salón, tomando un café o conversando en el trabajo, las ideas comunes de 2014 son demasiado semejantes a aquellas. Aún no se ha llegado a casos extremos, pero el continuo baile mediático de banderas agitadas no favorece la ponderación ni el criterio objetivo. Se azuzan los sentimientos, se vuelcan las miserias en redenciones y redentores, pero nadie piensa, nadie refrena los sentimientos más viscerales, mas peligrosos. Cuando la barriga está vacía, la identidad llena y da vigor. Cuando no se puede consumir todo lo que la publicidad nos indica, la identidad rellena el espacio vacío. La identidad es voluble, pero es una droga dura y siempre se puede cambiar. Es eficaz un tiempo, hasta que llegue la guerra.

El camino más enrevesado es el que escoge la masa, necia e incapaz de mirarse al espejo. Necedad querida por evitar el reflejo crudo de una existencia vana. Necedad doblada de negación de la alternativa. Porque existen otros caminos, otras posibilidades para los individuos, otras que rompen fronteras y abren perspectivas. Alternativas claras y sin ambigüedades que no busquen contentar a quien hay que combatir. Alternativas que permitan a cada uno de nosotros ser libre y no depender de los poderes económicos, ni de las identidades exigidas, ni de la dictadura de la comunidad, libres e iguales en derechos y obligaciones, copos de polvo de estrellas, únicos e infinitos de un universo respetuoso y sostenible.

Y mientras tanto…

Así, al tiempo que unos se dan la mano a través de pueblos y ciudades embalados en banderas que llenan la panza pero no alimentan, otros desearían ese mismo patrioterismo ignorante pero cambiando el color de la bandera, el idioma de la soflama. Todos ríen o lloran pero nadie se da cuenta que durante ese mismo tiempo que dura años y que no es más que tiempo perdido, otros más, los que de verdad mandan y mandarán, se reparten el mundo en pedazos gigantes.

La Unión Europea y Los Estados Unidos debaten en las sombras de los pasillos la firma de un Tratado de Libre comercio entre ambos territorios. Un tratado que aspira a anular el poder regulador de la ley y el control público de las decisiones más importantes. Los Estados son ya casi impotentes para contrarrestar la influencia de los poderes privados, no por incapacidad estructural sino por querencia, por conflicto en intereses, por incompetencia y traición a su función social y jurídica. Algo que no se resolverá fragmentado los Estados y los países.

Las banderas son señuelos que evitan pensar y buscar soluciones globales. Una vez más El Roto.

Las banderas son señuelos que evitan pensar y buscar soluciones globales. Una vez más El Roto.

El Tratado de Libre Comercio Transatlántico, si se firmase en los términos filtrados este año, supondría que los criterios sociales, laborales, ecológicos, de salud publica, etc se verían rebajados al mínimo para contentar los intereses económicos de las grandes multinacionales norteamericanas y europeas. El Tratado se basaría en los criterios norteamericanos por los cuales la duda razonable sobre la peligrosidad de un producto o proceso no puede impedir la explotación y comercialización del mismo. Ese modelo funciona en base a los hechos consumados, es decir, cuando la peligrosidad ha sido constatada en accidentes o perjuicios, el producto puede ser retirado. En esos casos se producen juicios con compensaciones multimillonarias como en el sector del tabaco. Tanto la gran industria como los poderes públicos norteamericanos prefieren ese sistema a la regulación pública, demostrando que para las grandes empresas es preferible pagar compensaciones millonarias a verificar convenientemente sus productos. Por ejemplo, las consecuencias para la salud de los ciudadanos, y para el medio ambiente del cultivo de los transgénicos, el uso de células madre o de la extracción del gas de pizarra mediante el fracking, podrían ser gravísimas. Pero nada podría hacerse hasta que 20, 30 o 40 años más tarde se probasen los efectos perniciosos. Según ese razonamiento absurdo, no se podría impedir una catástrofe provocada por la venta de un producto hasta que ésta se produjese.

La capacidad de reacción y la justicia son, así inexistentes. Porque no sólo es el número de víctimas directas, sino también en coste económico prácticamente incalculable por la perdida de cosechas, semillas, libertad económica, caída de la fertilidad, contaminación de aguas, etc.. coste que es asumido en la práctica muchas veces por el Estado o por los propios ciudadanos. Se sobrepone la libertad de comercio a la libertad del individuo, del ciudadano, en su propio y evidente perjuicio.

TAFTA, cuando el comercio destruye la ciudadanía.

TAFTA, cuando el comercio destruye la ciudadanía.

Pero, el TAFTA va más allá, ya que dejaría abierta la posibilidad de que las empresas pudiesen enjuiciar a los Estados estimando que la legislación europea sobre medicina, condiciones laborales, alimentación o medio ambiente causa perjuicio a sus beneficios. Ello significa que todas las normas y leyes que obligan a las empresas a probar que sus alimentos y medicamentos o productos de cualquier otro tipo son seguros, serían causa de sanciones millonarias que los Estados deberían pagar a las empresas por impedir su libertad para comerciar y vender. Igualmente las modificaciones de la legislación laboral, -únicamente los cambios que favorecen a los trabajadores-, o la expropiación estatal serían causa de compensaciones tan altas que en la práctica los Estados, es decir los ciudadanos, perderían esas potestades. Cualquier ley que pudiera dañar en el presente o en el futuro a los intereses comerciales de una empresa sería motivo de sanción.

Forges, otro de los genios lúcidos del país.

Forges, otro de los genios lúcidos del país.

Como colofón, estos litigios serían tratados por tribunales privados sin control público, donde un abogado puede ser juez en un caso y abogado en el siguiente. Estos tribunales de arbitraje ya existen y arbitran conflictos en países donde tratados bilaterales similares han sido aprobados. Empresas como la francesa Veolia, han demandado al gobierno egipcio porque el alza del salario mínimo va afectar a sus beneficios; o la multinacional estadounidense que recibió una compensación billonaria por la declaración de Parque Natural protegido en una concesión para prospecciones petrolíferas de Ecuador. Finalmente el gobierno del “revolucionario” Sr Correa permitió la explotación de las reservas de petróleo del citada Reserva Protegida.

Millones de personas en España, en Gran Bretaña, en Francia, en Italia, Grecia o Dinamarca se han movilizado escuchando el discurso hueco identitario de populistas de diversa índole. Piden nuevas fronteras, que ellos inventan a su guisa y que cambian según les interesa. Demandan que los impuestos sólo se gasten en las zonas donde se producen, lo que no es más que una sentencia de muerte para el impuesto y su valor social y redistributivo. Millones renuncian a su propio yo acogiéndose al cálido y engañoso abrigo del pueblo elegido que aspira a vivir en el nirvana de las naciones, aislado y protegido, puro.

En cambio, pocos miles intentan recordar el carácter nefasto de decisiones económicas como el Tratado de Libre comercio Trasatlántico, a pesar de que la pérdida de gran parte de la potestad legislativa y judicial, es para los Estados, es decir para los representantes de los ciudadanos, una hecatombe similar a la de las carnicerías de la Primera Guerra Mundial. Y pocos son los que luchan contra los recortes del Estado de bienestar y de los derechos ciudadanos desde un a visión europea o mundial, no teñida de identidades egoístas, regionales o nacionales. La mayoría prefiere el paso firme hacía la tiranía, guiados por sonrientes lideres populistas que todo prometen y que nada cumplen.

Pienso, luego dejo de pensar.

En las trincheras se escribía para no morir en vida y alimentar la esperanza traicionada.

En las trincheras se escribía para no morir en vida y alimentar la esperanza traicionada.

Luego llega la noche y en el fondo de nuestra cama, solos, con la negrura de nuestro corazón nos reencontramos con las pequeñas desilusiones que nos atenazan. Y lloramos porque sabemos que nuestros hijos no irán a la universidad; y usamos el calculo y medimos la longitud de un céntimo para pagar el recibo de la luz, los calcetines de la abuela, la gasolina del coche; y temblamos sin movernos al saber que la muerte nos encontrará en una sala de espera repleta y deslavazada de un hospital público abandonado a su suerte, a nuestra suerte. Esas son las desilusiones que nos hacen llorar en silencio, sin que nuestro amor se entere. Esas y el saber que quien nos quiere ya no nos ama porque la vida es una pelea y una lucha perdida por cambiar un teléfono y enfundarse un abrigo. Una lucha donde nos refugiamos en la televisión y el fútbol, donde para pagar el coche vendimos nuestro amor. Por un billete y un trapo les dimos nuestro vigor, perdimos a nuestro amor, olvidamos que éramos individuos soberanos. Y en lugar de dar media vuelta, pisamos el acelerador, oyendo cantos de sirena. Y hay muchos cantos de sirenas que, aunque ni son bellas ni saben cantar, reúnen multitudes a pesar de que la nación no sea un cura para la depresión. Es una droga que cada vez necesita dosis mayores.

En el fondo de nuestra cama, con el frío pegado a los píes y la congoja acantonada entre el cuello y el alma, sin permitir siquiera sollozos, llenos de miedo, inseguros tras la fachada que debe proteger a nuestra estirpe no hay bandera que valga. No pensamos en un idioma, ni hay lengua para el amor, el cariño, la amistad, el respeto, el placer, los goces o los sabores. Porque haber nacido es suficiente peso como para cargarlo de palabras huecas y pesadas: pueblo, patria, nación, orgullo, destino… Haber nacido nos convierte en universos individuales, crisoles e intermediarios entre la nada y el resto de ese universo inmenso lleno de posibilidades. Los píes fríos y las mejillas ardiendo, el miedo pegado a cada célula y nuestras cobardías, nuestras culpas, por ingenuos, por simples, por ridículos. Somos cobardes por asir el mástil que nos proponen, siempre caliente de manos cambiantes, siempre listo para cribar y ajusticiar.

La historia es una ciencia libertadora no un instrumento de propaganda.

La historia es una ciencia libertadora no un instrumento de propaganda. ¿Qué hacer sin el Roto?

Del fondo de nuestro raciocinio debería surgir una revuelta tal que fuese capaz de asumir los cambios indispensables de un sistema económico que nos anula y nos aboca al conflicto. Los recursos son suficientes, el trabajo es posible sin que necesariamente nos agote y nos reduzca, el consumo no es más que otra droga que aliena y nos hacer perder el sabor de lo que de verdad sabe bien, la libertad.

La libertad es la identidad, pero la nuestra, no la del grupo o la nación. Nuestra libertad como individuos nos reúne con la humanidad y con ese autobús maltrecho que es nuestro planeta. La revuelta legitima es la que exige que los asientos de ese autobús galáctico sean adaptados a las necesidades de cada uno de los viajeros. Sin diferencias entre los rubios y los castaños; los negros y los blancos; los hombres y las mujeres; los que nacieron, los que viven; aquí y allá, todos tendrán derecho a su asiento.

La revolución será abolir las fronteras que quedan, las políticas, las clasistas, las sexuales, las estéticas, las lingüísticas, las religiosas. Esto no significa suprimir los idiomas o las religiones, ni hacer desaparecer la riqueza o las diferencias físicas, significaría construir un espacio común donde ninguno de estos elementos sea fuente de desigualdad flagrante, superioridad ni de injusticia. Partiendo de la base de la diferencia individual habrá que crear un espacio político que, desde el individuo y asentado en el individuo, -pasando por las instituciones políticas intermediarias-, llegue a un órgano de decisión global donde se cuente con los medios para combatir los problemas planetarios con eficacia y justicia. Nadie que se llame humano puede pretender aislarse o aislar a otro, porque el poder político y la legitimidad residen únicamente en los individuos y en la suma de todos los habitantes del planeta. El problema es la falta de poder de las instituciones públicas, la ausencia de jerarquización clara entre ellas y su mala gestión. Y los principales responsables, somos hoy los ciudadanos que hemos dimitido de nuestras labores políticas.

Por ello, la fragmentación o debilitamiento de los Estados ya existentes, no es, en mi opinión, mas que un error estratégico que favorece las conductas y los poderes contrarios a la libertad social e individual. El ideal de los consorcios y de los lobbies es un mundo posmoderno lleno de Repúblicas Bananeras y Reinos de chiste, de ciudades Estado, donde los directores generales tengan más poder que los ministros o, en el fondo, sean las mismas personas. Y la realidad se obstina en superar a la ficción.

El Rota habla con pocas palabras, las suficientes.

El Rota habla con pocas palabras, las suficientes.

Por último, la creación de entidades puras donde los requisitos para la ciudadanía no son las leyes justas sino la pertenencia y el apego a símbolos, tradiciones y rasgos identitários no políticos, -como la lengua, el lugar de nacimiento, la religión, o el folklore-, no me convienen. Y no lo hacen porque definen mi individualidad, asimilándola a la del miembro de la nación que “debe ser” si quiere mantenerse en el seno de dicha entidad. Respeto las leyes justas pero no creo en las naciones, las detesto. Por eso defiendo los Estados que ya existen para que se diluyan en otros mayores no para que se fragmenten en pedazos. Creo en la ley justa que debe regir la sociedad. Una sociedad sin gentilicio formada por individuos distintos que se acogen, construyen y protegen las leyes que les permiten vivir lejos del salvajismo y la barbarie.

La ley justa es lo que defiendo, y ella está abierta a todo el que la respete, la complete, la mejore, guardando sus diferencias y protegiendo las mías. La ley justa es mi territorio que abarca toda la geografía, que no tiembla delante de la historia sino que la recuerda para no repertirla; que no teme el cambio y que cuida lo que funciona; que añade siempre y nunca excluye. Se puede perder una lengua, puede desaparecer un territorio, los dioses no son necesarios, pero la organización de la sociedad de las personas mediante normas, derechos y obligaciones, es la única salvaguarda frente a la ley del más fuerte, al control social, al apogeo economicista y a la destrucción ecológica.

Un minuto de silencio.

En el cementerio de Notre-Dame de Lorette al norte de Francia, junto al frente occidental de la IGM, cerca de la frontera belga y alemana, un nuevo monumento ha visto la luz este año. El Anillo de la Memoria, un inmenso círculo de metal donde se han grabado los nombres de 580.000 muertos durante la I Guerra Mundial. Ordenados de forma alfabética allí se hallan los nombres de franceses, alemanes, británicos, belgas, australianos, canadienses, neozelandeses, rusos, norteamericanos, africanos y asiáticos, unidos sin que las naciones estorben el recuerdo del desastre que supuso la guerra fratricida. Un símbolo, y está vez, de los buenos, lo que unen, los que hacen pensar e impiden el olvido.

Nuevo monumento a las víctimas de la IGM, sin distinción de grado ni país.

Nuevo monumento a las víctimas de la IGM, sin distinción de grado ni país.

Todo el mundo conoce los nombres de los lideres populistas que llenan las portadas y los programas de televisión. Todos conocen las letras de los himnos nuevos y de los antiguos, todos reconocen al enemigo y son capaces de señalarlo con el dedo. Menos recuerdan quienes fueron los culpables de las crisis de Islandia, de Italia, de España, pues se han olvidado los nombres de los responsables y de los ayudantes, tanto que algunos han vuelto con la misma cara y el mismo nombre. Casi nadie se acuerda de Madoff, de la burbuja .com, el tequilazo, la crisis de la libra del 92 o la del Real en el 98. De la crisis del 29 sabemos algo, vagamente, pero pocos observan las peligrosas semejanzas con la crisis actual.

La amapola de la memoria, símbolo de la IGM en los países anglosajones.

La amapola de la memoria, símbolo de la IGM en los países anglosajones.

Nadie recuerda los nombres de los muertos de la que tenía que ser la última de las últimas. Sus millones de cuerpos se comprimieron con el paso de los nuevos, los que morirían a su vez después. Los que, con el polvo de sus pisadas, el ruido de sus gritos y la estulticia del olvido, se dirigieron después, a tropel hacia los mismos resultados. No sabían, no saben que con ellos la cruel historia, la que escriben los dueños del mundo, hará lo mismo. Y no saben que seguirán durmiendo mal, con el miedo atenazándoles el corazón y los píes fríos, en el fondo de sus camas. Allí, donde uno, el verdadero individuo, se enfrenta a los temores, al pánico, a la certitud de la muerte, donde se bate el cobre sin himnos, en el silencio de las lenguas, donde estamos desnudos y donde uno muestra de verdad si es humano.

Hoy, en el silencioso ruido de la ciudad o del pueblo que le acoja, en la oscuridad de su lecho, sobre las montañas o el mar, a las 11 de la mañana recuerde que sonarán las campanas de media Europa y medio mundo acordándose de la estupidez humana. Recuerde e intente no repetirla.

Íñigo Pedrueza Carranza, 11 noviembre 2014.