China nueva potencia económica. Fuerte y frágil al tiempo.

China nueva potencia económica. Fuerte y frágil al tiempo.

Abrimos hoy una sección que no podía faltar en un blog que aspira a ampliar la comprensión geopolítica de nuestro mundo actual, la sección sobre China. La nueva fábrica del mundo que sustituyó en 10 años a Estados Unidos, Japón y Europa como centro de producción del mundo, se ha convertido en una potencia política. En Europa o los EE.UU., la impresión que se tiene sobre China es bastante tópica y simplista. China y su potencial van más allá de la invasión de productos de baja calidad y coste, de la deslocalización de las grandes empresas del sector tecnológico, automovilístico o industrial. China es ya una potencia porque posee un mercado interno emergente y consumista, porque ya ha iniciado procesos de deslocalización en busca de salarios más bajos, y porque a pesar de su régimen dictatorial, el poder no es inmune a las demandas sociales, económicas y medioambientales de la población.

Al mismo tiempo la potencialidad de China debe ser equilibrada, porque si bien se trata de una poder indiscutible, sus estructuras económicas y políticas son frágiles. La necesidad de mantener un crecimiento económico gigantesco es su principal espada de Damocles. La población ha aceptado mayoritariamente evitar la discusión política a cambio de mejoras crecientes en la capacidad de consumo y las condiciones de vida. Conseguir ese salto ha delante ha sido posible gracias al cuasi nulo respeto de los derechos laborales, a la explotación y agotamiento de los recursos naturales y a un grado de contaminación difícilmente igualable.

Sin embargo, el modelo posee límites definidos. De la misma forma que el capitalismo neoliberal ha chocado con los límites de un crecimiento ficticio exponencial que aboca a la economía al crack, la crisis financiera, el hundimiento del consumo y la producción, China se encuentra entre la espada y la pared. La economía china necesitó substituir a la producción industrial europea, japonesa y norteamericana para inundar el mundo con productos industriales lowcost y productos de alto nivel tecnológico como los teléfonos móviles, los ordenadores, o los paneles solares. Ello aceleró la crisis financiera europea y Norteamericana provocando desempleo y caída del consumo. En 2012-2013, China comienza a sufrir las consecuencias de la hundimiento de ese consumo. Sin crecimiento, las revueltas sociales, las exigencias, las quejas ante la falta de mejoría económica para decenas de millones de chinos, así como los efectos del modelo económico devastador se agitan en el Imperio del Medio.

China ha intentado suplir las fuentes de materias primas y a los mercados de Europa, Japón y Estados Unidos introduciéndose en África, America Latina y el Sudeste Asiático. Ha tenido bastante éxito diversificando sus abastecedores por la adquisición de tierras y participaciones en minas y empresas, pero estas regiones no pueden absorber la masa de sus productos manufacturados. Tal vez por ello, 2012-2013 marca un punto de inflexión en la crisis financiera y muestra un cambio de tendencia en las relaciones sino-occidentales.

De la confrontación a la entente cordiale.

El caso de las tierras raras puede ser una muestra de ese cambio de orientación. En 2010 un crisis diplomática entre Japón y China acaba en un embargo de las exportaciones de tierras raras a Japón. Las tierras raras son, en realidad, un conjunto de metales bastante comunes pero esenciales para la fabricación de imanes y aleaciones necesarias a todos los aparatos electrónicos hoy indispensables. El ordenador con el que escribo y con el que me leen, los teléfonos móviles, las tablets, los catalizadores de los automóviles, los componentes de los paneles solares, los aerogeneradores eólicos, los satélites o los misiles militares necesitan ínfimas pero esenciales cantidades de itrio, lantano, cerio, praseodimio, neodimio, europio, terbio, lutecio, etc… Si sus nombres son raros, el hecho de que más del 95% de la producción se realice en China tiene explicaciones más venales. En plena globalización, EE.UU. deslocaliza, o más bien abandona la producción de estos minerales por motivos meramente económicos, por una cuestión de costos, ya que en ese momento estas materias primas no son ni escasas ni estratégicas. Además de substituir la producción, China adquiere las patentes y el conocimiento tecnológico para producir todos los componentes que se fabrican con tierras raras. Así en menos de veinte años, entre 1990 y 2010 la fabricación de imanes y otros componentes se desplaza de EE.UU. a China y las tierras raras se convierten en materias esenciales y estratégicas.

La producción barata de tierras raras se realiza a cambio de altisimos costes medioambientales. Foto de la Fundación Ellen Macarthur.

La producción barata de tierras raras se realiza a cambio de altisimos costes medioambientales. Foto de la Fundación Ellen Macarthur.

La crisis de 2010-11 mostró la dependencia con respecto a China de la industria tecnológica, -buena parte ya situada en China -, y causó una escalada mediática exagerada y brutal. De nuevo los tópicos inundaron los medios creando una nueva ola de miedo antichino. Sin embargo, pocos explicaron un segundo elemento que explica este cambio: Los costes ecológicos de la extracción y sobre todo el refinado de las tierras raras produce niveles de contaminación inquietantes. Las aguas utilizadas para el refinado se cargan de metales pesados como el plomo y de residuos radiactivos que acaban en la tierra y las aguas subterráneas. En los años 90 la presión de los ecologistas y damnificados fue otro elemento que favoreció el abandono de la producción a favor de China.

Evidentemente la intención china era de controlar y monopolizar los mercados de tierras raras ejerciendo un control económico y político. No obstante, China, como antes EE.UU. o Europa habían caído en su propia trampa. El monopolio no sirve de nada si los productos que monopolizamos no se pueden vender. Si los millones de teléfonos y aparatos tecnológicos producidos en China, -muchas veces por las empresas europeas, japonesa y norteamericanas -, no pueden venderse fuera de China, el monopolio y la influencia geopolítica no sirven de nada. Así pues, muy pronto a finales de 2011 China cambia de opinión y garantiza el abastecimiento de tierras raras ofreciendo su cooperación para que la economía siga creciendo. Cierto es que Estados Unidos, Canadá, Australia y otros países habían gastado millones en estudios para reabrir antiguas minas y evitar el monopolio chino. Y no sólo eso, China ya no desea poseer el monopolio de las tierras raras, ya que se ha dado cuenta de su debilidad geopolítica. Su producción ya no será suficiente para sus propias necesidades, por lo que necesitará importar tierras raras para garantizar lo que más le interesa, su producción industrial y tecnológica.

Hoy, solo año y medio después, en 2013, parece que la crisis ya ha pasado y poca gente recuerda que son las tierras raras.

Crecimiento versus libertad.

Querríamos terminar son unas pequeñas reflexiones, unas entre todas las que podrían realizarse. Por un lado el crecimiento chino y su presencia política a nivel internacional son inevitables, pero están lejos de convertirse en un nuevo imperio omnipotente. Nos encaminamos por el momento, a un Mundo no unipolar, – nunca lo ha sido -, sino más multipolar, con núcleos de poder en Asía, America del Norte y Europa, sin olvidar India, América Latina y África. Con todo, las interrelaciones y las dependencias son cada vez mayores, por lo que es posible que las decisiones sean consensuadas entre las potencias. El consenso elitista poco tiene que ver con la justicia o con los intereses de la mayoría de los terrestres, pero implica reparto de poder y sobre todo cooperación internacional, algo lejos de la hipótesis de la guerra de civilizaciones.

Dónde domina el lucro humanos y naturaleza pasa a segundo plano. ¿Es ese el futuro del comercio y el consumo mundial?

Dónde domina el lucro humanos y naturaleza pasa a segundo plano. ¿Es ese el futuro del comercio y el consumo mundial?

Cierto es que el conflicto puede tener lugar si la crisis económica azuza el populismo de lideres más interesados en sueños megalómanos imperiales y nacionalistas. Esta posibilidad no puede obviarse ya que la economía financiera organizada en base a una reproducción geométrica, no tiene otro punto de vista que el de sus pantallas bursátiles. Si las grandes potencias no regulan los mercados financieros, la economía real y los intereses geopolíticos reales podrían verse superados por el maremoto financiero, el caos político y social, la demagogia y la guerra. Las potencias se han puesto de acuerdo siempre que les ha interesado, y de hecho han controlado la crisis financiera, cierto es tras muchas dudas y un inmenso tiempo perdido. Entre 2007 y 2012 los gérmenes de la guerra mundial se han extendido por las maltrechas economías europeas y norteamericana. No han fructificado, la guerra no aparece en el horizonte. A cambio se ha destruido el sistema de Estado del Bienestar que costó más de 100 años de manifestaciones y luchas sociales. La guerra no se ha enraizado en una generación adicta al consumo, pero se ha perdido el sentimiento de solidaridad, la idea del Estado como herramienta de mejoría social, como res publica. Además la idea de Unión Europea se ha abandonado, vaciada de todo contenido social y los nacionalismos y otras locuras identitarias proliferan por el norte y el sur del continente.

Evidentemente, y eso es lo más grave, es que en este maremágnum geopolítico donde lo importante es el beneficio económico, el consumo desaforado y la identidad paleolítica del nacionalismo obsceno de lenguas, sangres y tradiciones, hay cada vez menos espacio para la democracia, los derechos humanos y la ecología. Las libertades, o su falta de ellas en China, las consecuencias de la contaminación, el coste humano, todos esos factores no pesarán mucho en los acuerdos y relaciones con Europa y EE.UU. Pesan mucho más las ínfimas cantidades de iterbio o lantano de nuestras nuevas tabletas y teléfonos móviles. La geopolítica no tiene corazón, se supone que los humanos sí.