¡Bienvenidos!

Foto de flickr de stablemechanism.

Hace ya bastantes años, en los anfiteatros de la Universidade Nova de Lisboa tuve la suerte de asistir a un curso de Geopolítica. Entonces ya tenía algunas lecturas agitadas en mi cabeza tras recorrer las ciencias sociales con alegría, con avidez y, por suerte, libre de fanatismos, de muros y categorías. Había saltado y escudriñado entre la Historia, el Arte, la Geografía, la Economía, la Sociología y la Antropología. En ese momento se me abrieron las puertas de algo indefinido, serio y con supuesta mayor salida laboral, la Geopolítica. No recuerdo nada del curso en cuestión, recuerdo mejor la Fundación Calouste Gulbenkian cuyo parque y museo de estilo internacional se sitúan frente a la Universidad. Allí comencé a querer sin saberlo las líneas planas, los espacios diáfanos, los inmensos ventanales, los parques de césped verde con los que hoy construyo casas y edificios imaginarios. Allí descubrí la viola de gamba, redescubierta por Jordi Savall. En Lisboa disfruté del sabor del Atlántico, que decantaba la sal que viene de América en oleadas invernales de bruma.

La bruma tapaba el horror del monumento salazarista, regalo del otro dictador ibérico, y cuando, por casualidad, cruzábamos el Tajo en gabarra, otorgaba al estuario y al puente 25 de abril un aura neoyorquina. En Lisboa saboreé la mousse de chocolate y el bacalao, soñé con Brasil y, claro, con cambiar el mundo. Pasión no nos faltaba y aún arbolábamos cabellera al viento. Precisamente, aquella profesora de geopolítica nos dijo: “con la pasión no basta”. A la fuerza del momento, a las volutas engreídas del discurso, al impulso irracional hay que calzarlo con zapatos metálicos que resistan los golpes salvajes de la vida, los que se ven venir de frente y los que llegan a traición. Los embates y las críticas, las ideas encontradas y las que fragilizan nuestras afirmaciones porque ellas son certeras, lógicas, reales y las nuestras no. De nada vale la pasión sin contenido.

Los años pasan, y ahora que me dispongo a inaugurar este blog, a abrir al público está compilación de sesiones de autopsicoanálisis que llamaremos “chapas” (1), recuerdo bien las palabras de mi profesora. Tal vez ella nunca sepa que lo que dijo fue importante, no creo que le importe, era una buena profesora.

Años después tuve la suerte, el privilegio, de estar del otro lado del pupitre. Es algo que aprecio y valoro. Mi tristeza llega cuando me siento incapaz de transmitir algo de lo que me dieron, cuando es imposible la comunicación, cuando los dos sentidos que deberían completar  conversación, la educación, no funcionan de forma retroactiva. Lamento tanto no poder aprender más como lamento no poder compartir mis dudas y mis certezas. Intento con mis conocimientos limitados, con mi pericia limitada, con mi pasión variable, acercarme a aquello que considero correcto. Pero, por encima de la transmisión de contenido hay algo más importante, porque el mejor profesor no es aquel que enseña mucho y bien. El mejor profesor es el que enseña a sus alumnos a que duden de las propias certezas que intenta transmitirles, a que sean autocríticos, piensen por sí mismos y hagan sus ideas más sólidas. Sólidas por lógicas, responsables, respetuosas y generosas. Y mentiría si dijese que no me gustaría que alguien, en alguna parte, alguna vez, pensase que algo que dije, le sirvió como a mí me sirven las críticas que me hicieron en Lisboa. Aunque nadie se acordase de mí, aunque yo no lo supiese nunca.

Todos los momentos de la historia han sido capitales para las personas que han vivido en las diferentes épocas y coyunturas. No tiene sentido, por tanto, pensar que vivimos la peor o la mejor de las épocas. Las dificultades, las luchas, las victorias y las derrotas sólo son valoradas y sentidas por sus protagonistas. Con todo, siento que en los años venideros mucho se puede perder de lo que lograron nuestros progenitores. Sería injusto que lo que tanto costó ganar se deshiciese en un instante.

De alguna manera, las siguientes razones han sido las que me han llevado a escribir los textos que serán presentados a los largo de estos bites.

Primero, el afán por comprender el mundo de forma lógica y coherente, huyendo de explicaciones xenófobas, religiosas, nacionalistas o culturales. Creo que la explicación de la mayoría de los acontecimientos y estructuras se oculta en la raíz económica y en la hueca lucha por el poder de las personas. El poder y el vil metal mueven el mundo, pero no conviene que se sepa. Lo demás poco importa, aunque sea esencial. Por eso, en estas páginas, se analizan también los aspectos geográficos y ecológicos, su vinculación con la política y la citada economía. Esa es la explicación que hace que, con modestia, estás “chapas” se crean geopolíticas. Así fluye el ansia por saber mezclar la pasión que no despliego con banderías, que maduro con desazón, y la razón que a veces triunfa, y que cuando lo hace no sea justa con los que la defendieron.

Segundo, el afán pedagógico, dialéctico, el gusto por el debate y la conversación, por la tertulia cuando con ese nombre se hacia referencia a personas que hablaban sabiendo o queriendo saber. Internet por el que navegan mis palabras es una inmensa herramienta de conocimiento. Que lo sea de libertad y de razonamiento, de mentira, calumnia, ignorancia o atraso depende de los ciudadanos. Aquí se aportará nuestro granito de arena en la dirección que creemos correcta.

Tercero, la conciencia política, necesaria para la supervivencia de una res publica democrática. Esta página no es una página neutra, su autor como cualquier ciudadano posee una ideas políticas, vota en las elecciones y opina sobre el mundo en el que vive. Poseer una ideología política es condición sine qua non para que cada individuo lo sea plenamente, y se convierta en ciudadano, pero no es óbice para discutir con quien piensa de manera diferente. La discusión entre quienes piensan de manera diferente es también condición indispensable para llegar a consensos y mayorías que puedan tomar decisiones.

Hoy es capital eliminar el sectarismo de la política, permitir tender puentes al mismo tiempo que definimos los límites de lo permisible. El racismo, el fanatismo religioso, la xenofobia, los nacionalismos, la destrucción de la naturaleza y la fauna, la alienación económica y política o el machismo son fronteras innegociables. Pero dentro de estos límites busco mediante estas conversaciones conmigo mismo, encontrar los ojos de todas las personas. Y agitarlos. No quiero el aplauso complaciente ni la alabanza hueca, que seguro no merezco. Pretendo hallar el conflicto, la dialéctica, para que desde el desacuerdo, todos repensemos nuestras ideas y acciones, pero siempre con la intención sincera de que todos vivamos más libres, política, social y económicamente. No quiero que piensen como yo. Quiero que piensen.

Para que el mañana sea un poco mejor que el hoy; para ahorrar sufrimiento inútil y dosificar el necesario, para que las cargas se repartan en función de las fuerzas; para que las personas sean valoradas por sus competencias y su esfuerzo; para que hagamos de la naturaleza un aliado; para que el amor sea libre de elegir su presente y su futuro… Para todo eso, escribo. Porque no puedo ser útil como lo son las personas que usan su vida para mejorar la vida de las demás; porque quizá soy un cobarde y me escudo en las líneas; porque tal vez sea alguien que sólo sirve para hablar y cuya acción es limitada; porque no tengo ganas de contarle todo lo que se me pasa por la cabeza a un psiquiatra, y porque me gustaría, al menos, ser sincero conmigo mismo. Por eso escribo.

Y porque la razón no sirve sin algo de pasión.
Espero que sepan perdonarme.

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 1- El diccionario de la RAE en su primera acepción dice lo siguiente, Chapa: Hoja o lámina de metal, madera u otra materia.

En lenguaje coloquial una chapa es un adjetitvo que se aplica a un discurso o conversación aburrida, repetitiva y pesada.

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No quiero olvidar…

Este blog, y yo mismo, no serían lo que es sin la mirada vigilante y atenta, la ayuda y el amor de mi compañera de viajes metálicos, escrutadora de chapas y argumentos, voz crítica y calurosa.

Junto a María, agradezco lo que soy a mis progenitores de los que me gustaría ser una versión mejorada. Aitor ha sido uno de los impulsores de nuestra variante cibernética, y otro de los escuchadores principales, ¡gracias frattelo! Gracias a Elbelina, Félix, Pedro, Manuel, Borja y Nazaret por su siempre fiel apoyo, sus aguzadas y, casi siempre, acertadas críticas. Citar a unos implica, olvidar a otros, que no parezca eso, porque de todos me acuerdo y a todos conservo en la memoria.

Los errores, omisiones y defectos sólo a mí me competen. Las virtudes y las ideas geniales, si existieran en estas líneas, es seguro que a otros pertenen.

Iñigo Pedrueza Carranza.